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Radio Victoria

Foto de la Agencia Ansa. Fuente: https://tg24.sky.it/cronaca/2026/10/16/

Foto de la Agencia Ansa. Fuente: https://tg24.sky.it/cronaca/2026/10/16/

«Porque la cuestión no es cuántas vitrinas han sido destruidas. La cuestión es cuántas vidas, cuántas esperanzas, cuántos futuros fueron destruidos antes de que esos muchachos decidieran salir a las calles.»

Están mirando las vitrinas rotas. Todavía no han entendido que lo que se está rompiendo es un mundo

Por Ezio Macchione*

21 de octubre, 2026.- Veo a tantos supuestos bienpensantes, muchas veces de una superficialidad desarmante, rasgarse las vestiduras ante las imágenes de los disturbios que llegan desde Francia, Italia, España, Portugal, Asia, África y América Latina.

Se escandalizan por una vitrina rota, un automóvil incendiado, una barricada, un enfrentamiento con la policía. Comentan indignados, exigen orden, represión, castigos ejemplares.

Y demuestran, una vez más, que miran sin ver, escuchan sin comprender y juzgan sin tener siquiera las herramientas más elementales para analizar lo que está ocurriendo.

Quisiera recordarles algo.

El mundo en el que viven, con todas las libertades, los derechos y las conquistas sociales de las que disfrutan, no fue un regalo de algún gobierno iluminado. Fue conquistado. Muchas veces en las calles, en las fábricas ocupadas, en las universidades sublevadas, en las barricadas.

En mayo de 1968, precisamente en Francia, los estudiantes se enfrentaban a la policía, levantaban barricadas y rompían esas mismas vitrinas que hoy parecen representar, para algunos, el bien más sagrado de la humanidad. Millones de trabajadores se declararon en huelga. Las conquistas salariales y sociales que llegaron después fueron enormes, y el cambio cultural atravesó generaciones enteras.

Y mucho antes, también en Francia, en 1789, un pueblo exasperado derribaba un orden monárquico que se proclamaba natural, eterno, intocable. Aquella revolución llegó incluso a la guillotina de los monarcas. Una historia trágica, contradictoria, marcada por violencias terribles, pero que contribuyó a cambiar para siempre el lenguaje político de los derechos, la ciudadanía y la igualdad.

La historia no es un cuento de hadas. Las grandes transformaciones no siempre ocurrieron pidiendo amablemente permiso a quienes tenían el poder.

Y quizás todavía no han entendido que estamos presenciando algo que podría alcanzar la dimensión histórica de un nuevo Mayo del 68.

Miren lo que está sucediendo.

En Francia, los estudiantes denuncian el deterioro de la educación y de los servicios públicos. En Italia, España y Portugal, las protestas se encuentran con la rabia por los salarios insuficientes, la precariedad laboral y las viviendas cada vez más inaccesibles. En Nepal, los jóvenes contribuyeron a derribar un gobierno. En Madagascar, desafiaron a un poder incapaz siquiera de garantizar agua y electricidad. En Marruecos, exigen hospitales y escuelas en lugar de grandes obras de prestigio. En el Perú, protestan contra la corrupción, la inseguridad y un sistema político que ha perdido toda credibilidad.

No son todas las mismas protestas. No tienen los mismos programas, ni necesariamente la misma ideología.

Pero detrás de esas rebeliones hay una pregunta común, gigantesca, a la que nuestra generación no sabe responder: ¿QUÉ MUNDO DE MIERDA NOS ESTÁN DEJANDO?

Un mundo en el que una minoría concentra casi toda la riqueza, mientras millones de jóvenes no consiguen construir una vida independiente.

Un mundo en el que tener un título universitario no garantiza un trabajo digno, trabajar no garantiza una vivienda y tener una vivienda no garantiza la tranquilidad necesaria para formar una familia.

Un mundo en el que se acumulan fortunas obscenas mientras se recortan los presupuestos de salud, educación y servicios públicos.

Un mundo en el que hemos convertido la naturaleza en un recurso para saquear, el planeta en un basurero y el futuro climático de las próximas generaciones en una variable secundaria de los balances de las multinacionales.

Un mundo en el que la democracia se celebra de palabra, mientras el poder económico condiciona cada vez más profundamente las decisiones políticas.

¿Y nosotros, las generaciones que hemos gobernado, administrado, explotado y muchas veces defendido este mundo, todavía tenemos la arrogancia de dar lecciones de comportamiento a quienes heredarán sus consecuencias?

Los jóvenes pueden ser impulsivos. Pueden equivocarse, excederse, contradecirse. Pero no son idiotas.

Han comprendido algo que muchos de nosotros nos negamos obstinadamente a reconocer: el sistema que hemos construido ya no está cumpliendo las promesas sobre las que fundamos nuestras sociedades.

El crecimiento económico no se traduce automáticamente en bienestar colectivo. La riqueza se concentra. El trabajo pierde valor. Los derechos sociales se convierten en privilegios. La política se aleja de los ciudadanos. El planeta se calienta y las peores consecuencias recaerán sobre quienes hoy tienen veinte años.

Por eso considero que esta rebelión está profundamente justificada en sus razones, incluso cuando algunas de sus manifestaciones puedan ser contradictorias o dolorosas.

No es una vitrina rota lo que más me escandaliza. Me escandaliza una generación a la que le hemos arrebatado la perspectiva de un futuro y a la que después exigimos que exprese su desesperación con educación y disciplina.

Nosotros somos lo viejo. Ellos son lo nuevo. Nosotros representamos un mundo que está agotando su legitimidad. Ellos representan lo que todavía está por nacer.

En cierto sentido, ya estamos políticamente muertos, aunque sigamos viviendo, consumiendo, votando y dando lecciones a los demás. Somos los representantes de un modelo que tuvo sus oportunidades y las desperdició, entregándoles a nuestros hijos un planeta más frágil y una sociedad en la que el dinero vale infinitamente más que el ser humano.

Y por eso no voy a unirme al coro de los indignados profesionales que pasan horas comentando los daños materiales sin dedicar un solo minuto a las causas de la rebelión.

Porque la cuestión no es cuántas vitrinas han sido destruidas. La cuestión es cuántas vidas, cuántas esperanzas, cuántos futuros fueron destruidos antes de que esos muchachos decidieran salir a las calles.

Y detrás de todo esto, desde mi punto de vista, hay una raíz mucho más profunda.

Es el rechazo a un capitalismo que lo ha convertido todo en mercancía: el trabajo, la vivienda, la salud, la educación, la naturaleza, incluso el tiempo y la dignidad de los seres humanos.

Eso no significa que cada manifestante haya leído a Marx, que todos se declaren anticapitalistas o que exista una dirección internacional única. Significa que, en países muy diferentes, millones de personas están cuestionando las consecuencias de un modelo que antepone las ganancias a las necesidades de la sociedad.

Y eso es muchísimo más importante que cualquier vitrina rota.

No sé si este movimiento tendrá las consecuencias que tuvo el de 1968. No sé qué forma política adoptará ni qué contradicciones tendrá que enfrentar.

Pero veo un incendio social que atraviesa continentes. Y creo que no se apagará simplemente porque algún gobierno ordene a la policía cargar contra los manifestantes.

Podría convertirse en una tormenta de fuego política y cultural. Una tormenta capaz de arrasar con las certezas de un sistema que pretende ser eterno e inevitable.

Porque el capitalismo siempre prometió que el mañana sería mejor que el presente. Y cuando toda una generación empieza a sospechar que su futuro será peor que el de sus padres, esa promesa se rompe.

Es allí donde un sistema empieza realmente a morir: cuando pierde la capacidad de convencer a los jóvenes de que vale la pena seguir viviendo dentro de él.

Y a todos esos bienpensantes que hoy se indignan ante las imágenes de las revueltas, quisiera dejarles una última reflexión.

Quizás aquello que hoy condenan sea precisamente lo que mañana beneficiará a sus hijos y a sus nietos.

Como ya ha ocurrido otras veces en la historia.

Porque el futuro no nos pertenece a nosotros. Les pertenece a ellos. Y si este capitalismo está cavando su propia tumba, no serán las vitrinas rotas las que lo maten. Será el mundo invivible que ha contribuido a crear.

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Fuente: Publicado en el muro de Facebook del autor Ezio Macchione, fotógrafo y agudo analista político, el 5 de octubre de 2026: https://www.facebook.com/share/p/1CQSDbr2eF/

ℹ️ Atribución de Fuente: Este texto ha sido reproducido de forma íntegra y literal respetando los derechos de distribución pública del emisor.
Medio original: Servindi – Servicios de Comunicación Intercultural
Enlace oficial: Ver artículo original aquí

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