
Fuentes: Sin permiso
La humanidad se enfrenta al mayor colapso de su larga existencia. ¿Qué podemos hacer al respecto?
Nota del editor: Me han dejado sin palabras los desastres climáticos que se suceden sin cesar este verano en nuestro planeta, que se calienta a un ritmo vertiginoso. Ha sido el periodo más largo sin publicar desde que empecé este sitio web, y esta es una de las entradas más largas que he escrito, mucho más larga de lo que me gustaría en ambos aspectos. Pero los acontecimientos me han llevado a hacer una declaración exhaustiva sobre el clima, el contexto más amplio en el que se enmarca y lo que podemos hacer ahora. Me ha llevado algún tiempo. Espero que puedas dedicar unos 20 minutos a leerlo. Al final encontrarás mis reflexiones sobre lo que podemos hacer.
Los océanos más calientes que nunca, pueblos nepalíes inundados

El 22 de agosto, la superficie de los océanos del mundo alcanzó una temperatura media de 70 °Fahrenheit, la más alta de la historia registrada y probablemente de los últimos 125 000 años.
Esto se produjo en lo que podría ser el verano más caluroso jamás registrado. El 5 de agosto, el fenómeno de El Niño, que se perfila como un récord, elevó las temperaturas del océano Pacífico por encima del máximo alcanzado por el gigantesco El Niño de 1997-98. El científico climático de Berkeley Earth Zeke Hausfather describió este aumento como «nada menos que asombroso». Este El Niño se está desarrollando en el extremo superior de las previsiones, con meses de calentamiento por delante, lo que augura un caos climático en todo el mundo.
El científico climático James Hansen pone las cosas en contexto. «El fenómeno de El Niño actual ya es el más intenso de los registros modernos. Sin embargo, el aumento de las anomalías climáticas globales, el desplazamiento de las zonas climáticas hacia los polos, el incremento de las precipitaciones extremas, la aparición más rápida de sequías repentinas e incendios, y las olas de calor marinas son consecuencia de la aceleración del calentamiento global provocado por el ser humano. Es probable que la intensidad anómala de este fenómeno de El Niño esté, a su vez, impulsada por la actividad humana».

Posteriormente, el 26 de agosto, un glaciar y la ladera de una montaña del valle de Langtang, en Nepal, se derrumbaron en el río que discurre a sus pies durante el cuarto verano más caluroso jamás registrado en la zona, tras varios días de calor récord en agosto. Las lluvias monzónicas de la temporada superaron en torno a un 50 % la media habitual, lo que derritió la superficie del glaciar y probablemente se filtró hasta el lecho rocoso, facilitando el deslizamiento. Esto generó un torrente ennegrecido de agua, rocas, barro y escombros que se precipitó a gran velocidad río abajo, arrasando pueblos y causando probablemente miles de víctimas mortales.
«Sería una coincidencia increíble que el calentamiento global no fuera, al menos en parte, el responsable», afirmó el científico jefe de Berkeley Earth, Robert Rohde.
El científico climático de la Universidad de Pensilvania Michael Mann fue aún más tajante. «El torrente fue el resultado directo del colapso glaciar provocado por el calentamiento, que arrojó millones de toneladas de roca, desatando una ola de gran velocidad de lodo y escombros».
Escribió: «El colapso glaciar y el diluvio en Nepal y el Tíbet no fueron un fenómeno meteorológico excepcional; fue el fallo estructural de la propia montaña, el último comentario de la naturaleza sobre las consecuencias mortales del calentamiento planetario provocado por el ser humano. Y fue el punto y aparte de un verano de extremos, que ilustró con un único desastre no natural el futuro apocalíptico que nos espera si no tomamos medidas climáticas drásticas».
Enterrado bajo el lodo
Ha sido un verano infernal. Los incendios forestales y las columnas de humo se extendieron por todo el mundo bajo repetidas olas de calor y sequías prolongadas. Han afectado profundamente a la agricultura europea, al tiempo que han secado ríos vitales para el comercio. En Hungría y Rumanía se cerraron centrales nucleares al quedarse sin agua de refrigeración. En Norteamérica, el humo de las temporadas de incendios sin precedentes en Canadá y Oregón asfixió a la población hasta la costa atlántica. La prolongada sequía en el oeste de EE. UU. vació hasta mínimos históricos los dos mayores embalses del país, los lagos Mead y Powell, en el río Colorado. Las inundaciones se extendieron por muchos estados de EE. UU., así como por Alemania, Francia, Indonesia y África Occidental.
Al término del verano meteorológico, que finaliza el 1 de septiembre, hiervo como los océanos de rabia y repugnancia ante lo lejos que se han quedado nuestros esfuerzos climáticos. Y me siento como un pueblo nepalí sepultado bajo el lodo, abrumado por la avalancha de malas noticias. Me ha costado muchísimo salir a la superficie para llegar a mi escritorio. Pero he tenido que tomarme un respiro y reflexionar sobre dónde nos encontramos como movimiento climático y como especie. Y procesar mis propias emociones, que están alcanzando su propio umbral crítico. Este verano me ha hecho perder los estribos.
Llevo décadas en la lucha por el clima. He trabajado para convertir dos grupos climáticos en fuerzas importantes. Mi nombre figura en dos libros y en docenas de artículos sobre soluciones al cambio climático. He contribuido a varios proyectos importantes de investigación de soluciones y he ayudado a organizar mesas redondas destinadas a alcanzar un consenso sobre las políticas climáticas. Me he encadenado a un trípode para bloquear un tren de petróleo con su carga, que altera el clima. He estado en todas partes, desde las oficinas de los gobernadores hasta las celdas de detención de las cárceles del condado. Ayudé a organizar la primera defensa por necesidad de desobediencia civil climática en la historia de EE. UU. por aquella acción contra el tren de petróleo, argumentando que infringimos la ley para evitar un daño mayor.
Y después de todo eso, tras este verano, recuerdo que Ken Kesey publicó una novela por entregas titulada Spit In the Ocean, basada en una variante del póquer con muchas cartas comodín. Me pregunto si todo lo que he hecho equivale a escupir en los mares crecientes mientras el caos climático tiene la carta comodín ganadora. Siento una profunda sensación de fracaso. No tanto un fracaso personal ni siquiera del movimiento en el que he participado desde la década de los noventa. Tenemos ante nuestros ojos el mayor fracaso en la existencia de nuestra especie y de nuestros antepasados desde que pisaron por primera vez la sabana africana, abierta por la aridez climática hace unos tres o cuatro millones de años. El neurofisiólogo de la Universidad de Washington William Calvin teoriza que los cambios climáticos abruptos a lo largo de milenios provocaron mortandades que seleccionaron a nuestros antepasados. Los que tenían los cerebros más grandes sobrevivieron. Estos nos dotaron del dominio de las herramientas y del fuego, lo que permitió al género Homo llegar a dominar finalmente el planeta. Ahora, en lo que constituye nuestra mayor ironía, nuestros inmensos poderes nos han puesto en el camino hacia otra perturbación climática abrupta, consumidos por los fuegos de un planeta que se calienta rápidamente.
Hace algunos años, conversaba con un destacado líder medioambiental que ha realizado contribuciones fenomenales a la causa del planeta. «¿Sabes?», me dijo, pensando en el futuro a largo plazo de la humanidad, «las especies que sobrepasan la capacidad de su hábitat tienden a ver reducida su población». Me temo que vamos por ese camino. En 2025, un grupo de actuarios de la Universidad de Exeter publicó un análisis basado en el riesgo de los posibles impactos del calentamiento. Plantearon los peores escenarios posibles: 2.000 millones de personas se enfrentarían a una muerte prematura si las temperaturas aumentaran 2 °C para 2050, y 4.000 millones si aumentaran 3 °C para 2050. Entre las causas se encontrarían los conflictos sociales, miles de millones de personas obligadas a emigrar por el calor y la sed insoportables, el colapso de la producción alimentaria y el desencadenamiento de puntos de inflexión en los que el calentamiento alimenta aún más el calentamiento. Esa cifra está cobrando mucha relevancia últimamente porque el fundador de Extinction Rebellion, Roger Hallam, ha creado un nuevo grupo, 4 Billion Dead. Sin embargo, presentar estas cifras como predicciones ha sido objeto de ciertas críticas. El informe hace hincapié en que solo se trata de escenarios con los que evaluar los riesgos. No obstante, cuando expertos cuya profesión consiste en evaluar riesgos asignan incluso una posibilidad límite a tales escenarios, esto debería hacernos reflexionar.
El mayor riesgo para la humanidad: desencadenar puntos de inflexión climáticos
La humanidad está aumentando los gases que contribuyen al calentamiento climático al ritmo más rápido registrado en la historia geológica, es decir, en toda la historia del planeta tal y como la conocemos. El resultado es el calentamiento más rápido que podemos detectar.
Lo que antes tardaba siglos ahora ocurre en décadas. El riesgo creciente es que desencadenemos una cascada de puntos de inflexión que sumerjan al clima en el caos, lo que podría hacer realidad algo parecido a esos escenarios de Exeter. Este gráfico los ilustra:

Un punto de inflexión clave es la AMOC, la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, el lugar del Atlántico Norte donde las corrientes cálidas procedentes del sur se hunden hacia las profundidades, empujadas por su contenido en sal. Eso abre un espacio que atrae la corriente hacia el norte. Pero el agua de deshielo de una Groenlandia cada vez más cálida ha estado diluyendo la salinidad y ralentizando el hundimiento, con efectos en cadena que se extienden a toda la circulación oceánica. Un estudio publicado en abril reveló que hay un 90 % de probabilidad de que la AMOC se ralentice un 51 % para 2100, lo que la situaría en una trayectoria hacia su eventual paralización. Las repercusiones podrían extenderse a la Antártida y al Pacífico. Los monzones africanos e indios podrían debilitarse. Es posible que esto ya esté ocurriendo debido a la ralentización. La parada total amenaza con secar la Amazonia y el Sahel africano. Enfriaría y secaría Europa, elevaría el nivel del mar en la costa este de EE. UU. y acumularía calor en las latitudes meridionales.
«Llevo 35 años investigando personalmente este tema», afirma Stefan Rahmstorf, uno de los principales expertos científicos mundiales en la AMOC. «Durante los primeros 30 años consideramos que se trataba de un evento de baja probabilidad. Habría dicho que había un 5 % de posibilidades de que ocurriera. Ahora es más bien un 50/50. Incluso diría que es más probable que ocurra que lo contrario».
Un estudio reciente de la Universidad de Utrecht ofrece quizás el primer rayo de esperanza en un panorama por lo demás sombrío. Demostró que la AMOC podría colapsar con un calentamiento de tan solo 2 °C. Pero si se frena el ritmo del calentamiento, la corriente podría mantenerse estable incluso con un calentamiento de 5 °C.
El estudio de Utrecht pone de manifiesto el mensaje más importante de este artículo. Todo depende de la velocidad del cambio. Si se le da tiempo para adaptarse, el océano Atlántico podría evitar el colapso de la AMOC incluso ante un calentamiento extremo. Este mensaje es válido para toda la gama de impactos climáticos. Debemos ralentizar el ritmo del calentamiento climático tanto como sea posible para evitar los peores impactos. Ese es el proyecto más importante al que se enfrenta ahora la humanidad. Por eso, al reflexionar hace unos años sobre los peligros de los puntos de inflexión, revisé mi misión climática para dejar un planeta con el que nuestros hijos puedan lidiar.
Por desgracia, el mundo sigue avanzando a un ritmo más rápido, con un calentamiento de alrededor de 0,3 °C por década. Nos estamos acercando peligrosamente al objetivo de 1,5 °C fijado por la Cumbre del Clima de París de 2015. Un nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente admite que hemos superado el objetivo de 1,5 °C. Lo mejor que podemos esperar es alcanzar un máximo de entre 1,8 y 2 °C. El informe mantiene la esperanza de que la humanidad pueda volver a reducir las temperaturas con medidas contundentes.
«No habrá resultados positivos si nos mantenemos por encima de los 1,5 °C. En todo el mundo, las olas de calor extremas ya están demostrando que los efectos del cambio climático se producirán más rápido, serán más intensos y durarán más tiempo, lo que costará más vidas y provocará trastornos más graves», afirmó Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA. «Ahora es el momento de redoblar nuestros esfuerzos en la lucha contra el cambio climático. Podemos y debemos encauzarnos por el camino correcto reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero, reforzando la resiliencia y la adaptación, y asegurándonos de que el rebasamiento de los 1,5 °C sea lo más reducido y breve posible».

Pero superar los 1,5 °C aumenta el riesgo de desencadenar puntos de inflexión, como muestra este gráfico del informe Global Tipping Points 2025. El rango entre 1,5 y 2 °C es crucial. Al acercarnos al límite inferior, ya se están observando señales de peligro. Los arrecifes de coral ya han alcanzado el punto de inflexión. La pérdida de glaciares en la Antártida Occidental va en aumento. El giro subpolar del Atlántico Norte se está desestabilizando por las mismas razones que la AMOC y podría colapsar más rápidamente. El riesgo para los glaciares de montaña ha quedado claramente de manifiesto en Nepal. La selva amazónica podría estar pasando de ser un sumidero de carbono a convertirse en una fuente de emisiones. La Tierra está cruzando umbrales críticos más allá de los cuales los peligros aumentan radicalmente. Esa es una de las razones por las que se fijó el objetivo de 1,5 °C en primer lugar.
El informe deScience Daily sobre el estudio de Utrecht advierte sobre las estrategias de «sobrepaso» que bien podrían aplicarse a la gama de puntos de inflexión. «Gran parte de la política climática actual, incluido el Acuerdo de París, se centra en limitar el pico final de la temperatura global. Algunas estrategias implican las denominadas trayectorias de «sobrepaso»… Los nuevos hallazgos sugieren que la trayectoria seguida hacia una temperatura determinada puede ser tan importante como la propia temperatura. Cuanto más rápido se produzca el calentamiento global, menos tiempo tendrá el océano Atlántico para adaptarse, lo que podría aumentar la vulnerabilidad de uno de los sistemas de circulación más importantes del planeta».
Conozco a personas que han realizado contribuciones fundamentales a la causa del clima y de la Tierra y que, al ver este panorama, han levantado las manos con desesperación. Pero yo aún no he llegado a ese punto. Sé que cada décima de grado podría marcar la diferencia entre los peores escenarios posibles y resultados más viables. Ayudé a traer un niño al mundo hace exactamente 30 años, el mismo día en que escribo esto. Por eso tengo un interés directo en las generaciones futuras. Pero incluso si no lo tuviera, no podría aceptar ni siquiera la remota posibilidad de que murieran miles de millones de personas si pudiera hacer algo al respecto.
Salir del agujero en el que nos hemos metido
La humanidad se ha metido en un agujero. El primer paso para salir de él es —al igual que un alcohólico o un drogadicto debe admitir su adicción para iniciar el proceso de recuperación— reconocer la profundidad del fracaso de nuestra civilización. Si las generaciones que viven ahora quieren ganarse la redención a los ojos de las generaciones venideras, debemos confesar que hemos fallado, comprender por qué y hacer todo lo que esté en nuestra mano para mejorar, sabiendo que les estamos dejando el legado de un planeta dañado y un futuro plagado de incertidumbre.
Esto no quiere decir que no se haya avanzado nada. En los últimos años, la energía solar, la eólica, las baterías y los vehículos eléctricos se han convertido en alternativas competitivas en términos de costes frente a los combustibles fósiles. En el primer semestre de 2025, la capacidad solar y eólica añadida superó el crecimiento de la demanda mundial de electricidad por primera vez. Las tecnologías bajas en carbono son una razón fundamental por la que China, responsable de alrededor del 90 % del aumento de la contaminación climática durante la última década, alcanzó su punto máximo en abril de 2024. En el primer trimestre de 2026, sus emisiones disminuyeron por primera vez. La energía solar con almacenamiento en baterías ha reducido el uso de las centrales de ciclo combinado o de turbina de gas para picos de demanda en California. Es posible que se avecine un pico mundial de contaminación climática.
En cuanto a la creación de cadenas de materiales sostenibles para las nuevas tecnologías, los equipos de minería eléctricos están sustituyendo al diésel. El reciclaje de baterías, paneles solares y aerogeneradores está haciendo que la minería sea menos necesaria. Las nuevas composiciones químicas de las baterías están sustituyendo a materiales problemáticos como el litio, el cobalto y el níquel. El uso del suelo para las energías renovables ha sido objeto de críticas, a menudo con razón. Sin embargo, los estudios muestran los beneficios de dar sombra a los campos de cultivo con paneles solares. Una previsión de aumento de la producción capaz de alimentar a 2.1 mil millones de personas. Un estudio chino incluso demostró beneficios para algunos ecosistemas desérticos. No obstante, estos hallazgos deben tomarse con cautela, ya que las instalaciones solares en el desierto pueden perjudicar a muchas especies.
Ver un rayo de esperanza en estas tendencias no es una ilusión. Las nuevas tecnologías son una parte necesaria de cualquier solución. Pero, hasta ahora, solo han cubierto una parte del crecimiento energético. Apenas hemos logrado cambiar la situación en cuanto a la cuota de energía primaria mundial suministrada por los combustibles fósiles. Esta se mantiene obstinadamente por encima del 80 %. Apenas hemos empezado a renunciar a nuestra adicción.

Aunque el crecimiento de la contaminación climática se ha desacelerado, en 2025 aún se situaba en un nivel récord. Se vertieron a la atmósfera 40 000 millones de toneladas más de carbono que retiene el calor. La bañera sigue llenándose. En julio, el CO₂ atmosférico alcanzó las 427,87 partes por millón, lo que supone un aumento de 1,25 ppm en el último año, es decir, un incremento de alrededor del 50 % desde que la humanidad comenzó a quemar combustibles fósiles a gran escala, hacia 1750. (En 1989, el primer año en que escribí sobre el calentamiento global, ya estábamos en 353 ppm, cifra que ahora se considera el mínimo para restablecer la estabilidad climática.) Estamos adentrándonos en territorio desconocido, donde corremos el riesgo de desencadenar puntos de inflexión. Por eso me identifico con las voces escépticas que afirman que no podemos limitarnos a añadir aerogeneradores, paneles solares, baterías y vehículos eléctricos al sistema existente y esperar evitar la catástrofe climática. El problema radica en el lenguaje de programación básico del sistema económico, con su exigencia de crecimiento infinito.
Al explorar por qué estamos fracasando como civilización, tenemos que profundizar hasta llegar a las raíces. Una de las críticas más profundas se enmarca bajo el título, bastante incómodo, de «decrecimiento»: la proposición de que el consumo acelerado está ejerciendo una presión desmesurada sobre los ecosistemas, por lo que debemos empezar a dar marcha atrás. El problema no es solo el clima, sino, como señala el Stockholm Resilience Center, el hecho de sobrepasar los límites planetarios que definen un espacio de actuación seguro para la humanidad. Los estamos traspasando rápidamente: 3 en 2009, 4 en 2015, 6 en 2023 y 7 en 2025. El siguiente gráfico muestra la situación en 2025.

El «decrecimiento» expresa un valor negativo y se considera ampliamente como políticamente insostenible. También es un término engañoso, ya que en realidad no se trata de reducir todo en todos los aspectos. A cambio de menores índices de consumo material, prevé un enorme aumento de los servicios sociales, la educación, el tiempo de ocio, los vínculos comunitarios y la calidad de vida en general, todo lo cual es deseado por la gente. Jason Hickel, quizás el defensor más destacado del decrecimiento a nivel mundial, suele utilizar el término más acertado de «socialismo ecológico». Sí, es esa gran y temida palabra que empieza por «S», blanco de la propaganda de la Guerra Fría que continúa hasta hoy, ignorando el hecho de que gran parte de nuestra economía es, de hecho, socialista. La Seguridad Social y Medicare, los servicios públicos de electricidad y agua de titularidad estatal, las ayudas a la agricultura, por nombrar algunos ejemplos. Y bajo el aluvión de un capitalismo desenfrenado y oligopolístico que hace que la vida sea cada vez más inasequible, el socialismo cuenta, de hecho, con mayor apoyo entre las generaciones más jóvenes, que son las que más sufren las consecuencias. Incluso algunos políticos se atreven a llevar esa etiqueta. Utilicemos, pues, el término «socialismo ecológico» para describir la dirección positiva que queremos seguir. O, al menos, mantengámoslo en el arsenal de términos que empleamos para describir un futuro positivo que sea, de hecho, sostenible. Lo positivo resulta mucho más atractivo que lo negativo.
Sin embargo, me pregunto si somos cultural y políticamente capaces de alcanzar tales fines. ¿Podemos salir del agujero que nosotros mismos nos hemos cavado? ¿Podemos siquiera comprender el alcance de lo que estamos afrontando? He utilizado el término «nosotros» en sentido amplio en este artículo para expresar una realidad humana general. Pero aquí debo ser más específico, centrándome en el «nosotros» que mejor conozco: el de los países occidentales, en particular el de mi propio país, Estados Unidos. Aunque Asia nos está alcanzando rápidamente, seguimos teniendo la mayor responsabilidad colectiva en la contaminación climática. Solo Estados Unidos es responsable de casi una cuarta parte de las emisiones de CO₂ procedentes de combustibles fósiles desde 1750, mientras que Norteamérica y Europa suman el 57 %.

Gallup, en abril, situó en un 44 % el número de estadounidenses que están muy preocupados por el calentamiento global, una cifra cercana a su máximo histórico. El Programa de Yale sobre Comunicación Climática encuentra niveles algo más altos: un 64 % que está «algo preocupado», incluido un 29 % que está «muy preocupado». Sin embargo, existe una enorme desconexión. La gente está comprando más camionetas y todoterrenos. Algunas marcas de automóviles están dejando de fabricar turismos. Las viviendas son cada vez más grandes. La aviación sigue expandiéndose. Seguimos viviendo y disfrutando de nuestras vidas como si nada estuviera pasando, al menos nada que nos afecte de forma inmediata. La cultura de masas parece centrarse en gran medida en el entretenimiento y la distracción. Aunque la popularidad de las películas de superhéroes tal vez indique que sabemos que algo va mal y que, inconscientemente, buscamos a alguien que nos salve.
Algunas personas, más conscientes de lo que se avecina, buscan «fortalecer» sus vidas y trasladarse a lugares más seguros. «Refugios climáticos» como el oeste de Carolina del Norte, inundado por el huracán Helene. O Duluth, en Minnesota, asfixiado recientemente por el humo de los incendios forestales canadienses, lo que le ha proporcionado uno de los aires más contaminados del mundo. O Vermont, que en los últimos años se ha visto tanto anegado por las inundaciones como asfixiado por el humo.
Algunos prevén el colapso de las ciudades, pero no parecen tener en cuenta que esto daría lugar a paisajes al estilo de Mad Max. Si tienes comida cuando la gente se muere de hambre, es posible que también necesites armas. Y las zonas rurales están tan expuestas a tormentas, inundaciones, sequías e incendios forestales como las ciudades. No hay ningún lugar seguro en un mundo afectado por el cambio climático.
El problema de la política de siempre
La única forma de evitar escenarios catastróficos es unirnos en una acción colectiva y un movimiento político. Y ahí está el quid de la cuestión. Creo que el movimiento climático no ha comprendido del todo el control que las fuerzas que se oponen a nosotros ejercen sobre el sistema político. Para decirlo sin rodeos: el poder de las empresas, especialmente de la industria de los combustibles fósiles, y de los intereses particulares que apuestan por que todo siga igual.
En 2014, Martin Gillens, de Princeton, y Benjamin Page, de la Universidad Northwestern, publicaron un estudio sobre 1.779 cuestiones políticas estadounidenses entre 1981 y 2002. Descubrieron que «… importa muy poco lo que piense el público en general. La probabilidad de que se produzca un cambio político es prácticamente la misma… tanto si una pequeña minoría como si una gran mayoría de ciudadanos de a pie están a favor de un cambio político propuesto».
Cuando el apoyo a una propuesta política es escaso —solo uno de cada cinco entre el 10 % con mayores ingresos, lo que según los autores es un buen indicador del 2 % más rico—, esta tiene solo un 18 % de posibilidades de ser adoptada. Con un apoyo de cuatro de cada cinco, la probabilidad de adopción es del 45 %. Las cifras correspondientes al apoyo escaso y elevado entre los grupos de interés son similares: 16 % frente a 45 %
Gillens y Page escriben: «La conclusión principal que se desprende de nuestra investigación es que las élites económicas y los grupos organizados que representan los intereses empresariales tienen un impacto independiente sustancial en la política del Gobierno de EE. UU., mientras que los grupos de interés de base popular y los ciudadanos de a pie tienen poca o ninguna influencia independiente».
¿Alguna vez tuvimos alguna oportunidad?
Añaden que su investigación «respalda firmemente» la idea de que el sistema estadounidense es uno de dominación de la élite económica, más que de gobierno de la mayoría. En otras palabras, en EE. UU. vivimos en una oligarquía más que en una democracia. Esto no es ninguna sorpresa y explica muchas cosas en una amplia gama de temas, desde la sanidad hasta Gaza.
Las próximas elecciones de mitad de legislatura de noviembre y las presidenciales de 2028 revisten una importancia crucial. Necesitamos restablecer cierto equilibrio en los tres poderes del Estado, continuamente pisoteados por Trump y su banda de mafiosos corporativos. Las encuestas que apuntan a una victoria aplastante de los demócratas despiertan un gran optimismo. El Partido Republicano merece de verdad ser atado y arrojado a las tinieblas exteriores por su complicidad en las flagrantes violaciones de la ley por parte de Trump. También por la negación casi unánime de la crisis climática por parte de los políticos republicanos.
Pero las realidades políticas subrayadas por Gillens y Page nos indican que no podemos contar con que un Capitolio y una Casa Blanca demócratas estén a la altura de la crisis climática. Las sustanciales mayorías demócratas en el Congreso durante el primer mandato de Obama no fueron suficientes para aprobar una política climática. Yo viví de cerca esa debacle, observando la insuficiencia del proyecto de ley sobre el clima, sus numerosos vaivenes y su fracaso final. La Ley de Reducción de la Inflación de Biden sí ofreció un apoyo sustancial a las tecnologías de energía limpia (y a algunas no tan limpias), pero no estableció límites de emisiones de carbono y, al final, solo se aprobó por un estrecho margen. Resultó vulnerable a ser vaciada de contenido por Trump. El Partido Demócrata cuenta con defensores del clima, pero también con muchos políticos comprados por los intereses corporativos. El silencio sobre el clima impulsado por los asesores del partido es otra mala señal.
Se necesitará mucho más que victorias demócratas. Como mínimo, creo que el movimiento climático debería crear grupos con sede en los distritos electorales y los estados que se dediquen exclusivamente a supervisar el desempeño climático de cada uno de los diputados y senadores, y a presionarlos sin tregua para que apoyen medidas que estén a la altura del desafío. Debería hacer lo mismo con los principales medios de comunicación, denunciando continuamente aquellos casos en los que no establecen la relación entre la alteración climática y los fenómenos meteorológicos extremos y las catástrofes.
Suponiendo que en 2029 haya un Congreso y una presidencia demócratas, cabe esperar que se restablezcan las políticas que favorecen las energías renovables y los vehículos eléctricos. Pero la trayectoria climática garantiza prácticamente que no será suficiente. Resulta difícil de creer que un cambio sistémico —del tipo que nos devuelva dentro de esos límites planetarios— surja del sistema político tal y como está constituido actualmente. No con el poder que los intereses especiales tienen en su seno. Debemos reflexionar más profundamente al respecto.
La necesidad de una disrupción
Aquí llego al punto más difícil. Un «nosotros» muy concreto, ese 2 % que se sitúa en la cúspide del sistema oligárquico, es directamente responsable del fracaso de nuestra civilización. El «nosotros» más amplio queda, en su mayor parte, excluido. Nos está llevando al infierno planetario una pequeña franja de la población, en su mayoría interesada en sí misma, y los miembros del 10 % de profesionales y directivos que les sirven directamente. La mayoría de nosotros seguimos el juego porque sentimos que no tenemos otra opción. Incluso aquellos de nosotros que somos conscientes de la situación y estamos alarmados estamos, en gran medida, absortos en los problemas cotidianos de supervivencia. Se requiere algo verdaderamente masivo.
La investigadora en resistencia civil Erica Chenoweth publicó un estudio muy citado basado en 323 levantamientos populares entre 1900 y 2006. Descubrió que, cuando al menos el 3,5 % de la población participa en la resistencia, siempre ganan. Chenoweth señala que dicha participación refleja un consenso mucho más amplio en la sociedad. Ese porcentaje puede parecer pequeño. Pero en EE. UU. significaría 12 millones de personas, en comparación con los 8-9 millones que acudieron al último «No Kings Day». Si lo trasladamos a mi ámbito local, se necesitaría la participación sostenida de unos 30 000 habitantes de Seattle. Incluso en mi ciudad, conocida por su gran agitación política, eso supondría un enorme desafío.
Una resistencia civil exitosa implica algo más que acudir a manifestaciones de un solo día. Requiere campañas que se construyan con el tiempo, respaldadas por una organización y un liderazgo estratégico. Deben incluir acciones disruptivas, como la desobediencia civil y las huelgas generales. Para desbancar el poder de las élites económicas, se necesitarán acciones disruptivas. Chenoweth señala que esa resistencia masiva, de hecho, provoca deserciones entre las élites que no quieren quedarse al margen.
Un movimiento de este tipo tendrá que ir más allá del clima y otros retos ecológicos. Tendrá que conectar con las condiciones de vida de la gente, con los retos cada vez más difíciles de la supervivencia, que van desde los costes de la vivienda, la alimentación y la energía hasta los gastos médicos. Tendrá que reunir un amplio frente de movimientos sociales y ecológicos, el tan mencionado movimiento de movimientos, con una visión de cambio sistémico. Ahí es donde podemos acercar los temas del clima y los límites planetarios de forma que la gente pueda entenderlos y relacionarlos con su vida cotidiana. En última instancia, este movimiento tendrá que abordar quién controla las riendas económicas de la sociedad, para qué sirve la economía y quién se beneficia de ella.
Podemos empezar a dar forma a ese movimiento desde la base, en las comunidades donde vivimos. De eso trata gran parte de este sitio web bajo su lema: «Construir el futuro aquí mismo». Se concibe como una respuesta a los retos a los que se enfrentarán las comunidades ante las múltiples crisis que se avecinan. Escribí un escenario en dos partes sobre cómo una comunidad puede lograrlo empezando por aquí. Se centra en la organización para crear instituciones comunitarias en al menos seis ámbitos:
– Banca pública
– Vivienda social y comunitaria
– Cooperativas energéticas comunitarias
– Materiales sostenibles
– Sistemas alimentarios locales
– Cooperativas de trabajadores.
Una civilización que fracasa en tantos aspectos va a provocar cada vez más rupturas y crisis. Podemos ver cómo se acumulan. Se avecina la agitación económica y financiera. La inteligencia artificial parece estar a punto de salirse de control. Nadie puede predecir realmente sus repercusiones en el empleo. Las guerras se recrudecen y se avecinan más. La misma élite económica que está conduciendo al mundo hacia la catástrofe climática está detrás de estas otras crisis emergentes, y por la misma razón: la búsqueda egoísta de la riqueza y el poder por encima de cualquier otro objetivo.
En lo más profundo de mi ser presiento que se avecinan grandes colapsos. Muchas otras personas también lo hacen. Parece haber un presentimiento generalizado sobre el futuro, y por muchas buenas razones. En primer plano de mi propia conciencia, el desencadenamiento de esas retroalimentaciones climáticas es la amenaza más grave y a largo plazo, salvo una guerra nuclear, que en sí misma no es descartable.
Un sistema que ha llegado a este punto está perdiendo credibilidad a raudales. Eso proporciona un terreno fértil para plantear preguntas sobre quién lo gobierna y por qué, para luego llegar a ese 3,5 %.
La cuestión moral más profunda a la que se ha enfrentado jamás la humanidad
Bill Calvin teorizó que fueron las perturbaciones climáticas abruptas las que impulsaron nuestra evolución, dotándonos de estos grandes cerebros capaces de dominar el planeta. La pregunta es: ¿podemos dominarnos a nosotros mismos? ¿Nos sumiremos en catástrofes que podrían desembocar en un colapso y una regresión, con resultados similares a los peores escenarios de Exeter? ¿O frenaremos el cambio climático lo suficiente como para dar al planeta y a las generaciones venideras tiempo para tomarse un respiro y adaptarse a los cambios que, inevitablemente, se avecinan? ¿Vamos a dejar un mundo con el que nuestros hijos y sus descendientes puedan lidiar?
Se trata de cuestiones políticas y económicas. Pero, sobre todo, encarnan la cuestión moral más profunda en la larga existencia de nuestra especie. ¿Podrá nuestra próxima evolución basarse en la solidaridad con nuestros semejantes y con las demás especies con las que compartimos este planeta, en lugar de pasar por las crudas realidades del colapso y la extinción? ¿Aprenderemos la lección más profunda que nos enseñan todos los grandes caminos de sabiduría de la humanidad: la compasión mutua y hacia quienes vendrán después de nosotros?
Todas esas preguntas se encuentran sumidas en una gran incertidumbre. He esbozado mi mejor interpretación de las respuestas, sin estar en absoluto seguro de que sean ni de lejos suficientes. Pero no voy a rendirme. Puede que los acontecimientos me dejen sin aliento, como me ha ocurrido estas últimas semanas, pero siempre me levantaré y lo volveré a intentar. Hay demasiado en juego. Que esto sirva de estímulo para que tú hagas lo mismo.
Patrick Mazza es un periodista independiente, investigador y activista climático estadounidense afincado en la región de Cascadia (el Noroeste del Pacífico, principalmente Seattle). Ha dedicado más de cuatro décadas a la lucha y la divulgación sobre la crisis ecológica y la transición energética. Es cofundador de Climate Solutions, un influyente grupo de defensa de la energía limpia en el Noroeste de EE. UU. Miembro activo de 350 Seattle, una organización climática local. Es creador y redactor principal del Substack The Raven especializado en el análisis político y ecológico enfocado en los movimientos comunitarios para enfrentar las crisis del siglo XXI. Editor y bloguero – Cascadia Planet- centrado en los problemas ambientales específicos de la biorregión de Cascadia. Sus artículos sobre cambio climático, calentamiento de los océanos y alternativas de futuro aparecen frecuentemente en plataformas como Resilience o Grist. Ha participado directamente en protestas de «primera línea» frente a proyectos de combustibles fósiles. Destaca su detención tras encadenarse a un trípode para bloquear el paso de un tren de petróleo. Esta acción formó parte de los primeros casos en la historia jurídica de EE. UU. en apelar a la «defensa por estado de necesidad climática» ante un tribunal.
Texto original: https://theraven.substack.com/p/confronting-climate-failure-in-a
Traducción: Antoni Soy Casals
Este texto ha sido reproducido de forma íntegra y literal respetando los derechos de distribución pública del emisor.
Medio original: rebelion.org
Enlace oficial: Ver artículo original aquí








