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Radio Victoria

En quienes se niegan a que sus lenguas, sus culturas y sus memorias desaparezcan. Vuelve porque hay nombres que la muerte no consigue borrar.

Pero antes de convertirse en símbolo, Bartolina Sisa fue una mujer. Y quizá sea necesario recordarlo.

La historia suele convertir a sus protagonistas en estatuas. Les quita los temores, las dudas, las lágrimas y las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Los transforma en personajes perfectos, destinados a ser admirados desde lejos.

Fue una mujer indígena aymara que vivió en el siglo XVIII, en una sociedad colonial que había establecido una frontera brutal entre quienes tenían poder y quienes debían obedecer.

Una sociedad donde ser indígena significaba soportar explotación y discriminación, y ser mujer significaba enfrentar, además, las barreras de una sociedad dominada por hombres.

Bartolina decidió cruzar esas fronteras. Junto a Túpac Katari participó en la gran rebelión indígena contra el poder colonial. Pero su historia no debería quedar reducida a la de la compañera de un líder masculino.

Organizó, tomó decisiones y participó en la conducción de las fuerzas indígenas durante el cerco de La Paz. Miles de personas siguieron una rebelión que puso en jaque al poder colonial.

¿Qué pasaba, mientras tanto, dentro de aquella mujer? Es una pregunta que los documentos históricos difícilmente pueden responder. Pero podemos imaginarla.

Una mujer que tenía familia y responsabilidades. Una mujer que sabía que cada decisión podía tener consecuencias irreparables. Una mujer que seguramente conoció el miedo.

Porque resulta demasiado fácil llamar valiente a alguien que murió hace más de dos siglos. Lo difícil es imaginar el miedo de quien todavía está vivo.

El miedo por los hijos. Por los seres queridos. Por quienes combatían a su lado. El miedo ante la posibilidad de ser capturada. El miedo ante un poder que no acostumbraba perdonar a quienes desafiaban su autoridad.

Y Bartolina fue capturada. Después vino la humillación y la violencia. Las autoridades coloniales quisieron que su castigo fuera también un mensaje para todos los indígenas que habían osado levantarse.

El 5 de septiembre de 1782 fue ejecutada. Su cuerpo murió. Su historia, no. Los poderes pueden destruir cuerpos. Pueden prohibir palabras. Pueden intentar borrar nombres. Pero hay memorias que encuentran otros caminos para sobrevivir. Bartolina Sisa encontró esos caminos.

Hoy su nombre pertenece a las mujeres indígenas que siguen luchando por ser escuchadas. A quienes defienden sus territorios frente a intereses económicos y políticos.

A quienes conservan conocimientos, lenguas y tradiciones transmitidos de generación en generación. A quienes reclaman el derecho a decidir sobre aquello que afecta sus vidas y sus comunidades.

Por eso, recordar a Bartolina no debería ser solamente un ejercicio de memoria histórica. Debería ser también una pregunta dirigida al presente.

¿Cuánto hemos cambiado desde aquel tiempo en que una mujer indígena podía ser castigada brutalmente por desafiar el poder?

La pregunta incomoda porque todavía existen mujeres indígenas que enfrentan discriminación, violencia, pobreza y exclusión. Mujeres cuya voz continúa siendo escuchada demasiado tarde o, simplemente, no es escuchada.

Tal vez por eso Bartolina Sisa sigue caminando. No como una estatua. Como una mujer. Una mujer que tuvo miedo, que tuvo afectos, que tuvo responsabilidades y que, aun así, decidió enfrentarse a un mundo que parecía imposible de cambiar.

Ahí está su verdadera grandeza. No fue una mujer sin miedo. Fue una mujer que decidió que el miedo no podía decidir por ella.

Y quizá por eso, 244 años después de su muerte, todavía no hemos terminado de despedirla. Ni de escucharla.


ℹ️ Atribución de Fuente: Este texto ha sido reproducido de forma íntegra y literal respetando los derechos de distribución pública del emisor.
Medio original: servindi.org
Enlace oficial: Ver artículo original aquí

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