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Radio Victoria

Ante los bajos niveles de la quebrada Jácome, imprevistos para mediados de año, integrantes del resguardo indígena coreguaje de Jácome, en la Amazonia colombiana, empujan la lancha para avanzar en su recorrido. Foto: Terumoto Fukuda.

Ante los bajos niveles de la quebrada Jácome, imprevistos para mediados de año, integrantes del resguardo indígena coreguaje de Jácome, en la Amazonia colombiana, empujan la lancha para avanzar en su recorrido. Foto: Terumoto Fukuda.

Mongabay Latam nos comparte un importante reportaje que destaca la importancia de tener no solo un bosque en pie, sino además conectado. 

Esta idea resulta poderosa para mejor comprender la integridad de los ecosistemas amazónicos y de las funciones esenciales que brindan a quienes habitan en ella y a la humanidad. 

Esta visión es aún más urgente, pertinente y necesaria considerando que un 7 % del bosque está en pie, pero aislado del resto, y un 13 % corre el riesgo de quedar desconectado.

Además, el 24 % de los ríos y el 25 % de las áreas inundables de la Amazonía tenían su conectividad comprometida, principalmente por represas, minería en cauces fluviales, deforestación e incendios.

Por todo esto es indispensable restaurar los corredores ecológicos y reordenar la infraestructura regional para que la Amazonía conserve su capacidad de regenerarse.

Todos estos aportes resultan de un conjunto de propuestas para conservar la conectividad ecológica y sociocultural del bioma amazónico elaboradas por científicos, asesores políticos y técnicos en monitoreo e infraestructura reunidos por la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA).

La Amazonía necesita un bosque conectado, no solo en pie

Por Blanche Piponiot, Federico Viscarra, Julia Affonso, Maria Paula Estrada, Mariana Gómez*

Mongabay Latam, 16 de octubre, 2026.- Para determinar la salud de la Amazonía ya no es suficiente contar las hectáreas deforestadas: esta es sólo una parte del panorama. El estado real del bosque también depende de su continuidad. Si se configura en grandes extensiones o pequeños fragmentos determina las condiciones para la vida que alberga, y limita o mantiene su capacidad de regular ciclos naturales que también son vitales para los seres humanos. Existe una definición para este concepto: la conectividad ecológica, social y cultural. Es decir, es el flujo continuo de agua, especies, recursos, conocimientos, información y personas que enlaza a los sistemas naturales con las sociedades que los habitan. Ese movimiento a lo largo del territorio mantiene la integridad de los ecosistemas, la diversidad biocultural y el bienestar de las poblaciones amazónicas. A medida que ese flujo se debilita, mayor es el nivel de riesgo para la Amazonía.

Los datos satelitales con los que se monitorea el bioma amazónico desde 1985, muestran un sistema amazónico que se fragmenta rápidamente. Ese registro de cuatro décadas permite ver no solo cuánto bosque desaparece, sino cómo cambia el territorio para la vida que lo recorre. Para medirlo, los investigadores representan la Amazonía como un terreno donde la fauna cruza con mayor o menor facilidad —Un mapa de los circuitos de movimiento conocidos como “resistencias”—, y así identifican en donde animales, semillas y agua circulan con libertad y en donde encuentran barreras. Con ese método, se calcula que el 35 % de la cuenca presenta algún grado de deterioro en ese funcionamiento vital (ANA–RAISG, 2025). Al mismo tiempo, un 7 % del bosque está en pie, pero aislado del resto, y un 13 % corre el riesgo de quedar desconectado. 

Erick Aguirre Tijé, poblador indígena harakmbut de la comunidad Arazaire, en la Amazonía sur de Perú, se sienta a recordar los peces que antes nadaban por las ahora enlodadas quebradas que atraviesan su territorio. Foto: Vico Méndez/Mongabay Latam.

Estos datos son alarmantes. Desde 2018, los científicos Thomas Lovejoy y Carlos Nobre, Co-presidente del Panel Científico por la Amazonía, establecieron que una deforestación cercana al 20 % – 25 %, sumada a un calentamiento global de 2 °C a 2.5 °C, podría llevar al bioma a un punto de inflexión o «no retorno», donde el bosque dejaría de generar buena parte de su propia lluvia —el ciclo del agua que lo sostiene— y amplias zonas podrían transformarse en paisajes más secos y abiertos, semejantes a una sabana. La pérdida de bosque en el bioma, que se encuentra en el 16 %, de acuerdo con la Alianza NorAmazónica (ANA) y la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), lo cual nos dice que ya se acerca peligrosamente a ese margen de “no retorno”. Lo anterior, sumado a un bosque que sigue en pie pero no está conectado, hace el riesgo aún mayor.

La pérdida de conectividad también ocurre en el agua. En 2020, el 24 % de los ríos y el 25 % de las áreas inundables de la Amazonía tenían su conectividad comprometida, principalmente por represas, minería en cauces fluviales, deforestación e incendios, según datos del Panel Científico por la Amazonía. Esta fragmentación interrumpe la migración de especies, frena el transporte de sedimentos y nutrientes río abajo y altera los pulsos estacionales de inundación, con efectos directos sobre la productividad pesquera, la calidad del agua y los medios de vida de las poblaciones locales.

Además, cuando la Amazonía se fragmenta, se aísla y reduce la fauna, se rompen los flujos genéticos y se afecta la dispersión de semillas. Se amplifica entonces lo que se conoce como «efecto de borde», donde el bosque remanente se degrada más allá de la superficie pérdida, con lo cual es más vulnerable ante sequías e incendios. Esa es la diferencia clave entre un bosque que solo sigue en pie y uno que cumple su función biológica, y entre un río represado y uno que aún fluye libre y conecta la cuenca.

Un mono lanudo de cola amarilla en los bosques de Perú. Foto: Archivo Yunkawasi.

Los mejores aliados de la conectividad ecológica, social y cultural

Los Territorios Indígenas y las Áreas Naturales Protegidas son el núcleo de conectividad más eficaz de la región. Sin ellos, el 42 % de los bosques mejor conservados carecería de protección formal. Al mismo tiempo, estos territorios enfrentan un riesgo de fragmentación creciente: casi un tercio de los Territorios Indígenas y la mitad de las Áreas Protegidas muestran desconexión interna o en el contorno próximo a sus límites demarcados (ANA–RAISG 2025). Un núcleo protegido pero desconectado pierde funcionalidad ecológica. Sin embargo, esta situación tiene una solución: garantizar las condiciones necesarias para una conservación efectiva y reconectar lo que fue perdido.

La RAISG y la ANA han identificado zonas de intervención prioritaria, que consisten en más de 78 millones de hectáreas de conservación estratégica y 19 millones en degradación reciente que tienen potencial de restauración. 

Una infraestructura al servicio de la conectividad amazónica

La forma en que hoy se planifica la región tiende a profundizar esa fragmentación. Los planes vigentes contemplan 147 nuevas centrales hidroeléctricas —que se sumarían a las 160 ya en operación o en construcción, con lo que el total superaría las 300— y grandes corredores de transporte que combinan carreteras, ríos y vías férreas para unir el Atlántico con el Pacífico. El punto crítico es el impacto de esas obras: más del 90 % de la deforestación de la cuenca se concentra en una franja de apenas 5.5 kilómetros alrededor de las carreteras (SPA). Dicho de otro modo, la deforestación sigue el trazado de las vías: por donde avanza una carretera, avanza también la pérdida de bosque.

Esta dinámica tiene una raíz estructural. En un territorio de escala continental, la manera en que se toman las decisiones manifiesta desequilibrios de poder. Por eso, reordenar la infraestructura supone también revisar quién decide y con qué prioridades. La alternativa no es detener el desarrollo, sino reorganizar la lógica de la planificación para proteger la conectividad ecológica, social y cultural de la Amazonía: una infraestructura de bajo impacto, planificada con enfoque de bioma y evaluada por sus impactos acumulativos, en vez de evaluar cada proyecto de manera independiente.

El objetivo es compatibilizar la planificación y desarrollo de infraestructura y sus potenciales beneficios, como la integración de mercados para el fortalecimiento de las socio-bioeconomías, con la continuidad funcional de los flujos ecológicos, sociales y culturales que sostienen la cuenca.

En la práctica, esto significa priorizar el transporte fluvial y la aviación de pequeña escala por encima de la expansión vial; la generación de energía renovable descentralizada —microrredes, turbinas hidrocinéticas, energía solar y eólica— en lugar de nuevas grandes represas; así como el cierre de brechas estructurales en acceso a servicios básicos, en una región donde 7 de cada 10 habitantes aún carecen de acceso seguro a agua potable y saneamiento (SPA 2023).

Una de las múltiples carreteras clandestinas que tajan la selva de Calamar y destruyen la frágil conectividad biológica de la región. Estas vías ilegales funcionan como una infraestructura logística letal para la entrada masiva de ganado y el acaparamiento territorial. Foto: Imagen obtenida para esta investigación.

Para la Amazonía, la implementación de una infraestructura compatible con el funcionamiento de los bosques tiene un impacto directo. Los corredores ecológicos que descienden de los Andes hacia Amazonía —y el diseño de vías proyectados para que los seres humanos podamos movilizarnos a través de ella— coinciden con los núcleos de conectividad ecológica regional, las franjas estrechas por donde un gran ecosistema se enlaza con otro.

Los trazados de vías proyectados atraviesan los puntos de más alto valor funcional para el ecosistema, haciendo que una sola intervención mal planificada pueda fragmentar el sistema en su conjunto.

Pueblos indígenas en aislamiento y contacto inicial: una conectividad que no se negocia

Mashco Piro en aislamiento en las proximidades de la comunidad de Monte Salvado Madre De Dios, Perú. Foto: Archivo FENAMAD, 2014.

A la dimensión ecológica se suma otra igual de decisiva: para los Pueblos Indígenas en situación de Aislamiento y Contacto Inicial (PIACI), la integridad del territorio es una condición de supervivencia. En Sudamérica existen  188 registros de Pueblos en Aislamiento, de acuerdo al Grupo de Trabajo Internacional para la Protección de los Pueblos Indígenas en Aislamiento y Contacto Inicial (GTI PIACI), y de esa cifra, sólo 60 son reconocidos de manera oficial por los Estados.

Hablar de Pueblos Indígenas en Aislamiento y Contacto Inicial es estratégico: dentro de las 45 millones de hectáreas que representan los territorios de los PIACI, el 32 % se encuentra dentro de Áreas Protegidas. Esos territorios coinciden con  los núcleos mejor conservados en la región, que estos pueblos han resguardado durante generaciones, mientras sostienen la integridad ecológica del bioma amazónico y sus alrededores.

Las principales presiones que sufren estos territorios incluyen deforestación, minería, hidrocarburos, represas hidroeléctricas, carreteras y narcotráfico. Las vías ocupan un lugar central en esa cadena, porque la infraestructura legal abre paso a la ilegal: facilitan el acceso de terceros, el despojo, la minería artesanal, la tala ilegal y el narcotráfico.

La degradación del territorio aumenta el riesgo de contacto forzado y en consecuencia la vida de estos pueblos, que no tienen defensas inmunológicas frente a muchas enfermedades (GTI PIACI). En Perú, por ejemplo, el contacto forzado introdujo enfermedades que le costaron la vida a cerca del 46 % del pueblo Nahua. Este contacto se dió por actividades extractivas de madereros y petroleros en la década de 1980. Asimismo, la Reserva Indígena Kakataibo Norte y Sur, en Perú, quedó fragmentada en dos por la carretera Federico Basadre (ORAU, DAR y Asociación ProPurús).

Vista aérea de malocas de indígenas en aislamiento. Foto: ORPIO

El aislamiento constituye una forma de vida y una expresión de su derecho a la autodeterminación. Garantizar el principio de no contacto implica proteger la integridad territorial, preservando algunos de los territorios más importantes para la conectividad ecológica de la cuenca.

Toda la evidencia apunta en la misma dirección: cuidar la conectividad del bosque —la ecológica y también la que une a las comunidades con el territorio que habitan— es una de las bases fundamentales para salvaguardar la Amazonía. De ella depende que el bosque se mantenga en pie y conserve su capacidad de recuperarse, que el agua siga fluyendo, que haya alimento y que sus poblaciones vivan bien.

Por eso, merece un lugar central en la planificación del territorio y de la infraestructura, desde el primer trazo de cada proyecto. Recuperar lo que ya se ha perdido es posible, pero costoso. Por eso, proteger los núcleos de bosque que aún permanecen íntegros y conectados sigue siendo la mejor inversión.

El desafío se resume, como lo planteó Julia Affonso (RAISG) durante el espacio convocado por la OTCA, en «demostrar que es posible conectar mercados sin desconectar ecosistemas».

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*Los autores de este texto son miembros de la Red de Redes Amazónicas: Mariana Gómez (Alianza NorAmazónica); Federico Viscarra (Panel Científico por la Amazonía); Julia Affonso (RAISG – Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada); Blanche Piponiot (GTI- PIACI); Maria Paula Estrada (Instituto Panamazónico). 

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Fuente: Reportaje publicado por Mongabay Latam el 16 de octubre de 2026: https://es.mongabay.com/2026/10/amazonia-necesita-bosque-conectado/

ℹ️ Atribución de Fuente: Este texto ha sido reproducido de forma íntegra y literal respetando los derechos de distribución pública del emisor.
Medio original: Servindi – Servicios de Comunicación Intercultural
Enlace oficial: Ver artículo original aquí

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