
Fuentes: CounterPunch - Imagen: The White House. Public domain
La versión oficial de la política exterior estadounidense se ha basado tradicionalmente en el concepto de excepcionalismo moral: la afirmación de que Estados Unidos actúa como guardián de los derechos humanos, del derecho internacional y de la gobernanza democrática.
Sin embargo el respaldo de Washington al holocausto que se sigue perpetrando en la Franja Gaza y la Cisjordania ocupada, así como la guerra ilegal contra Irán, han puesto de manifiesto flagrantes contradicciones en el propio núcleo de este relato. Estas revelan el verdadero carácter de un sistema político definido no por sus nobles y elevadas declaraciones, sino por sus perversas decisiones y acciones.

Estas disparidades realzan la verdadera naturaleza de la geopolítica estadounidense; básicamente que los ideales de los derechos humanos cuentan poco para las potencias imperiales depredadoras.
Durante más de un siglo se ha orquestado la subyugación de Palestina y Asia Occidental a través de un legado de intolerancia colonial y de ingeniería geopolítica prosionista. La región no ha sido tratada como el hogar de pueblos soberanos, sino como un tablero de ajedrez imperial propicio para la explotación.
Las guerras en toda la región, particularmente en Palestina e Irán, son la culminación de los planes imperiales puestos en marcha hace un siglo. El rumbo geopolítico actual empezó con la firma de la Declaración Balfour en 1917, en la cual un lejano imperio europeo entregó sin miramientos un territorio que no le pertenecía. Este plan colonizador alcanzó su cumbre en el documento de 1996 titulado “Una ruptura limpia: nueva estrategia para asegurar el reino”, una estratagema impulsada por los neoconservadores estadounidenses y los sionistas radicales para reconfigurar Asia Occidental a imagen y semejanza de Israel.
En conjunto, estos planes imperiales establecieron los marcos de dominación que han llevado a la región y a la comunidad global al borde del desastre.
Estas políticas se sustentan en un chovinismo colonial profundamente arraigado que considera a los pueblos indígenas de la región como obstáculos que deben ser desplazados, controlados o aplastados, y no como seres humanos con el derecho inalienable a la libertad, la autodeterminación y la dignidad.
Al analizar la trayectoria desde la Declaración de Balfour hasta la “Ruptura limpia” a lo largo de un siglo se observa una lógica estructural coherente. Cuando las potencias extranjeras utilizan decretos imperiales, mandatos globales, acuerdos diplomáticos o la fuerza militar, el objetivo siempre es el mismo: asegurar y mantener el control, despreciando el derecho de las poblaciones nativas a gobernarse a sí mismas.
La alianza bilateral con Israel, en un principio creada para asegurar su existencia, se ha convertido en un lastre estratégico. Israel, que en un tiempo resultó útil a Washington como su brazo ejecutor en la región, ahora parece estar en una posición de poder absoluto.
La subordinación de la política exterior estadounidense a las ambiciones estratégicas de Israel no es un accidente histórico, sino el resultado predecible de un poderoso nexo militar-industrial y de seguridad profundamente arraigado, que desde hace mucho tiempo equiparara el dominio regional con los intereses nacionales de EE.UU.
Lo que empezó siendo una estrategia de la Guerra Fría para proyectar el poder estadounidense a lo largo de Asia Occidental sin exigir la presencia de tropas a gran escala se ha convertido en una alianza letal institucionalizada y que se perpetúa a sí misma, en la que el equilibrio de poder se ha difuminado.
Décadas de vínculos militares, de inteligencia e industriales profundamente entrelazados con Tel Aviv han creado una inercia institucional tan poderosa que Washington ahora acepta de forma automática las críticas mundiales, la ira regional y los desvíos de varios billones de dólares hacia intervenciones extranjeras como algo natural, como un precio que vale la pena pagar por su “relación especial”.
En lugar de ejercer su influencia estratégica sobre un Estado clientelar, Estados Unidos ha devenido cautivo del dogmatismo israelí, que afirma que todo lo que no sea un apoyo incondicional es señal de debilidad y vulnerabilidad por parte de EE.UU. A causa de ello, recae sobre los contribuyentes estadounidenses la responsabilidad de subvencionar estas campañas militares y sobre los miembros de las fuerzas armadas luchar en ellas, lo que compromete los intereses de la nación y su estabilidad a largo plazo.
A esta trampa geopolítica se suma una “cámara de resonancia” política interna diseñada para penalizar la flexibilidad y las estrategias alternativas, al tiempo que recompensa la conformidad absoluta y el acatamiento de los objetivos israelíes.
La alianza con Israel está tan arraigada en la política estadounidense que se ha convertido en un tema tabú en la política exterior y el discurso público de Estados Unidos. Permanece al margen de las críticas gracias a una combinación de grupos de presión influyentes y muy organizados, enormes planes de financiación de campañas políticas, un poderoso bloque de votantes evangélicos y la instrumentalización de la etiqueta de antisemita.
Cuando esto se suma a un relato mediático y cultural profundamente arraigado y favorable a Israel, que presenta la escalada regional como inevitable en lugar de prevenible, la clase política de Washington suele optar por la seguridad que ofrece la capitulación interna en lugar de la disciplina que exige la gestión soberana de los asuntos de Estado, lo que garantiza la sumisión política a las provocaciones israelíes.
El resultado es la inestabilidad crónica de Estados Unidos, que se ve perpetuamente arrastrado a las guerras expansionistas de Israel. Esta implicación no es fruto de una clara necesidad estratégica, sino de la incapacidad sistémica de Washington para liberarse de las presiones internas y los mandatos externos.
Desde las promesas coloniales de la Declaración Barfour al documento que propone la “ruptura limpia”, Israel ha priorizado sistemáticamente el expansionismo por encima del derecho internacional, los acuerdos formales e incluso los intereses estratégicos de su mayor aliado y principal benefactor, Estados Unidos.
Una de las principales equivocaciones de la política de Washington respecto a Israel y Asia Occidental ha sido tratar una carga estratégica como si fuera un aliado indispensable.
Dar prioridad a las ambiciones regionales de un “aliado” extranjero hegemónico por encima de los principales intereses de Estados Unidos ha arrastrado a Estados Unidos a las insensatas guerras y conflictos de Israel. Décadas de diplomacia incondicional han avivado el sentimiento antiamericano, han comprometido su credibilidad global, han tensado alianzas vitales y han agotado recursos militares y económicos limitados que sería mejor destinar a necesidades nacionales urgentes.
Paradójicamente, las estrategias imperiales que pretendían salvaguardar Israel a expensas de Asia Occidental están teniendo consecuencias negativas también para Estados Unidos. Este país no podrá recuperar su autonomía estratégica ni su liderazgo moral a menos que rompa definitivamente con su perjudicial relación con Israel.
El doctor Reza Behnam es un politólogo especializado en políticas comparativas con especial foco en Asia Occidental.
El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelión como fuente de la traducción
Medio original: rebelion.org
Enlace oficial: Ver artículo original aquí






![Fuentes: Tierra viva [Foto: Nico Freda]](https://radiovictoriagt.com/wp-content/uploads/2026/11/46-comprimido.jpg)

![Fuentes: The Conversation [Foto: Lago de Chapala, Jalisco, México. María del Refugio Barba]](https://radiovictoriagt.com/wp-content/uploads/2026/11/45-comprimido.jpg)