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El Día de Muertos y su espíritu de honrar a quienes partieron se replican en el mundo entero, con culturas y fechas propias. Barriletes, ofrendas, farolillos y ataúdes fantásticos acompañan ritos que mantienen vivos a los difuntos.
Cuando se hace mención del Día de Muertos, lo primero que llega a la mente son las flores del cempasúchil, el papel picado, catrinas y una alegre y colorida fiesta. No obstante, México no es el único país que celebra y rememora a sus muertos. La idea de honrar a los muertos cada año, mantenerlos presentes en la memoria y no despedirlos cruza el planeta.
Cada país de los cuatro continentes adopta su propia forma de ver, extrañar y recordar a aquellos que ya partieron del plano físico.

En Guatemala, la conexión entre vivos y muertos se eleva literalmente por los aires. En Sacatepéquez, barriletes de más de 20 metros de diámetro surcan el cielo como un puente entre la tierra y lo que hay más allá, un saber artesanal que desde 2024 es Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Al otro lado de la frontera, El Salvador apuesta por lo nocturno. Desde 1934, el desfile de La Calabiuza llena las calles de esqueletos y personajes míticos que cantan mientras avanzan. La ruta andina cambia el canto por el pan: Ecuador comparte colada morada y guaguas de pan, Bolivia hornea figuras humanas para la ofrenda y, a 2.500 metros de altitud, el pueblo Misak de Colombia honra a sus muertos junto a los rituales de la Pachamama.
Del otro lado del Pacífico, el viaje cambia de estación y de temporada. En China, cada abril, el festival Qingming convierte el camposanto en un hogar provisional. Se limpian las tumbas, se dejan flores y se quema papel moneda para que los bienes lleguen al más allá.
Corea del Sur se reserva hasta 15 días después del Año Nuevo Lunar, durante el tributo al Daeborum, cuando invocan protección con ofrendas y frutos secos. Japón espera al verano para que el Obon encienda farolillos y danzas, y Filipinas vuelve a noviembre con el Undas, donde familias enteras comparten en el cementerio la comida favorita de sus seres amados fallecidos. En Asia, la muerte no equivale al olvido.
África empuja la idea un paso más allá. Allí los muertos no se consideran ausentes y cada rito lo confirma con una intensidad propia. Madagascar practica la Famadihana, el retorno de los huesos, un reencuentro en el que las familias sacan a sus difuntos de las tumbas, les cambian la ropa y comparten junto a sus restos antes de volver a sepultarlos. El Dama de Malí guía el alma hacia los ancestros, incluso años después del fallecimiento.
Al ritmo de los tambores, en Nigeria y Benín, los trajes ceremoniales del Egungun yoruba invocan la presencia de los antepasados para que aconsejen a las nuevas generaciones. Ghana lo hace a su manera, con ataúdes fantasía que retratan la profesión o los sueños del difunto.
El recorrido cierra en Oceanía, donde dos mundos comparten calendario. La diáspora latinoamericana llevó a Australia sus desfiles de catrinas y sus altares en las grandes metrópolis, y en Nueva Zelanda los recintos culturales reúnen ofrendas colectivas con pan de muerto y fotografías. Tonga y la Polinesia francesa, en cambio, mandan la tradición católica. Las familias acuden a los cementerios para levantar montículos de arena y encender velas. Fiyi, Samoa y Micronesia lo viven con misas cristianas íntimas, sin festejos en las calles.
De los barriletes guatemaltecos a las velas insulares, el viaje confirma lo que cada pueblo intuye a su modo. Recordar a los muertos es otra forma de seguir celebrando la vida.
Medio original: teleSUR
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