Skip to main content

Radio Victoria

Fuentes: Rebelión

Fuentes: Rebelión

El genocidio acompaña a los Estados Unidos desde su misma constitución como colonia inglesa y esas prácticas genocidas se proyectan hasta el momento actual, y no son nada novedosas ni rompen con la historia estadounidense, por el contrario, la reafirman.

“No es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo que rascarme un dedo”. -David Hume, citado en Amitav Ghosh, El gran delirio. Cambio climático y lo impensable.

En 1994, Heinz Dieterich (1943-2026), un investigador alemán, radicado en México, publicó Cuba ante la razón cínica[1]. Con independencia, de la evolución posterior, intelectual y política de dicho autor, y su distanciamiento de Cuba, el título de este libro nos convoca a su actualización con respecto a la agresión criminal de Estados Unidos y de gran parte del mundo, bien sea en forma directa o por complicidad. Ahora, se debe hablar de Cuba ante la razón genocida. La razón imperial sigue siendo cínica, porque le carga la responsabilidad al agredido por los crímenes del agresor, como decir que Cuba es responsable de los problemas internos de Estados Unidos o que los palestinos son culpables por combatir el sionismo y negarse a aceptar el colonialismo de ocupación.  Dicha razón imperialista adquiere un indudable talante genocida, porque, siguiendo el modelo de Gaza, lo que está al orden del día por parte del capitalismo realmente existente es el exterminio de la humanidad, de aquella considerada excedentaria, a la que pertenecen una gran parte de los habitantes pobres del mundo periférico.

En esta primera parte consideramos tres aspectos: delineamos, a grandes rasgos, las características de la razón genocida y, luego, hablamos de la legitimación de la razón genocida después del genocidio de Gaza y, por último, analizamos la razón genocida made in USA, para precisar que el genocidio acompaña a los Estados Unidos desde su misma constitución como colonia inglesa y esas prácticas genocidas se proyectan hasta el momento actual, y no son nada novedosas ni rompen con la tradición “civilista” de la historia estadounidense, antes por el contrario, la reafirman. En general, en esta primera parte antes de hablar específicamente de lo que soporta el pueblo cubano intentamos precisar el contexto global que explica el triunfo de la razón genocida ‒para desgracia de la humanidad‒ y sus consecuencias inmediatas.

LA RAZÓN GENOCIDA

¿Razón genocida? Pareciera un oxímoron, porque se cree que la razón estaría relacionada con todo aquello que hace nobles a los seres humanos, puesto que, en principio, se supone que somos Homo sapiens sapiens, esto es, seres pensantes y racionales. Desde este punto de vista abstracto sería mejor hablar de irracionalidad genocida, pero ahondando un poco en el asunto, por lo sucedido en los últimos 500 años con la expansión colonial del Occidente imperial y su cortejo de horror y de muerte, acompañado con su evolución tecnocientífica, encontramos un vínculo directo, empíricamente constatable, entre la razón y la muerte, entre la razón y el exterminio de pueblos, entre la razón y el colonialismo, entre la razón y el genocidio.

En suma, existe un vínculo indisociable entre los logros más encomiables del pensamiento occidental (la ciencia, la filosofía, el arte…) y la esclavización, sometimiento y exterminio de millones de seres humanos. O, para decirlo de manera más directa, el uso de lo más avanzado del pensamiento y el conocimiento en un momento dado (la razón en su máxima expresión) ha sido un instrumento fundamental para llevar a cabo políticas irracionales de muerte y destrucción a vasta escala; irracionales desde la perspectiva de preservar la dignidad humana, que debería ser propia de un genuino racionalismo, pero muy racionales desde el punto de vista de los genocidas, quienes actúan de manera premeditada y con cálculo frío para destruir a pueblos y arrasar con el medio natural en donde viven. En suma, como bien lo dijo Walter Benjamin, “Toda obra de cultura es una obra de barbarie”.

Ahora bien, esta consideración no puede hacerse al margen de los procesos históricos en un momento concreto, para comprender las fuerzas que conducen a que unos determinados sectores sociales emprendan campañas genocidas, apoyándose en los logros más notables de la racionalidad de ese momento. Por ello, cuando se habla de genocidios, como el arrasamiento de indígenas y la esclavización de africanos, del exterminio de judíos, gitanos, comunistas… por parte del nazismo, o del uso de bombas de destrucción masiva por Estados Unidos (Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Irak, Afganistán, Irán…), o eliminación de miles de personas con IA por parte de Israel en Gaza y más allá, se trata de descubrir la lógica de la razón genocida. En todos esos casos prima la razón genocida, que significa recurrir conscientemente a la violencia para destruir, expulsar y someter a pueblos determinados, eso sí, siempre valiéndose de los avances tecnocienficos más avanzados de su tiempo.

La razón genocida tiene unos rasgos característicos, que adquieren actualidad en estos momentos. Reclama una pretendida superioridad de ciertos grupos humanos (blancos y de origen europeo) que los haría civilizados, mientras los que son sometidos a la brutalidad imperialista y colonial son considerados bárbaros e inferiores que deben ser eliminados para asegurar el triunfo de la “luz” y el progreso sobre la oscuridad y el atraso. Esa superioridad tendría un origen divino, porque para justificar sus crímenes los portavoces de la razón genocida se reclaman enviados de Dios en la tierra para realizar una misión divina y cumplir un “destino manifiesto”.  Esa superioridad es racial, puesto que los genocidas dicen representar una prístina blanquitud colonial y neocolonial. Dicha superioridad les da derecho a hacer y deshacer lo que se les venga en gana con el planeta tierra, sobre todo en las zonas habitadas por los pobres y desvalidos.

Por eso, la razón genocida persigue la destrucción de seres humanos y de diversas formas de vida, así como el arrasamiento de las riquezas naturales, para beneficio exclusivo del capitalismo realmente existente. En suma, la razón genocida es necro política, porque las lógicas de acumulación de capital y la expansión imperialista hoy están directamente ligadas a la muerte, y no a la muerte como accidente o fatalidad natural, sino a la muerte industrial, programada en forma científica y utilizando sofisticadas tecnologías, como en la actualidad se hace con el uso de la IA, aviones, tanques y otros artefactos que genera la tecnociencia del capital. Con el agravante, de que esa razón genocida se deleita en forma sádica con el dolor, el sufrimiento y la agonía de los seres humanos que están en curso de ser aniquilados, como lo demuestra la satisfacción que muestran los criminales más connotados de nuestro tiempo, que se encuentran al frente de Israel, Estados Unidos, La Unión Europea y sus protectorados…, frente a los cuales los matones de la mafia parecen ser unos vulgares aprendices.

LA RAZÓN GENOCIDA DESPÚES DEL GENOCIDIO DE GAZA

Después del genocidio de Gaza, en el mundo de hoy, cualquier atrocidad no solo es posible, sino, lo que es peor, tolerable y tolerada. Ya pasaron los tiempos, que parecen prehistóricos, cuando los genocidas negaban sus crímenes y procuraban mantenerlos ocultos a los ojos del resto de la población. Ni siquiera Hitler presumía en público de sus crímenes, como lo hacen en la actualidad los mandamases del orden “liberal y democrático” en el occidente imperial.

La ONU, una entidad que se diseñó para evitar las guerras e impulsar la paz entre las naciones, se ha convertido en tribuna obligada para amplificar la voz mortecina de los genocidas de nuestro tiempo, que no tienen el más mínimo empacho en anunciar que borrarán de la faz de la tierra a pueblos enteros y presumen de sus acciones criminales, de sus conquistas territoriales y del dolor y sufrimiento que producen en diversos lugares y alardean con la muerte de los miles de seres humanos que son destrozados con sus “bombas inteligentes”… Así, dos genocidas químicamente puros, Benjamin Netanyahu y Donald Trump, anuncian en la ONU que van a destruir a Irán y a su civilización milenaria, la van a hacer regresar a la “edad de piedra”, amenazando con usar todos los artefactos bélicos de que disponen (bombas nucleares incluidas), que continuarán sin pausa con el genocidio de los palestinos, en Gaza y Cisjordania. En el caso de Venezuela, el pedófilo que ocupa la Casa Blanca señaló como un gran triunfo el secuestro sangriento de Nicolás Maduro y su esposa y con respecto a Cuba indicó que luego de terminar su agresión a Irán invadirá la isla, depondrá a su gobierno legítimo e impondrá en su lugar a un procónsul imperial, a un genocida usurpador cuyo nombre es Narco Rubio. 

En estos momentos, los portavoces de la razón genocida no niegan que, por ser enviados de Dioses vengativos, asesinan a nombre de su religión. Lo significativo es que esos Dioses (los de Israel, los de las diversas sectas cristianas en Estados Unidos…) están compaginados con el libre mercado, la competencia, el egoísmo, el aplastamiento del otro, el enriquecimiento personal, la acumulación desmedida de riqueza… y, por todo ello, sus cruzados (así se presenta, por ejemplo, un asesino de la catadura de Peter Brian Hegseth, actual Secretario de Guerra de Estados Unidos) pregonan los valores del capitalismo y a nombre de esos antivalores matan y destruyen sin ninguna compasión religiosa. Simplemente, porque a los Dioses de los genocidas les endosan comportamientos asesinos como los suyos, lo cual es una clara expresión del clasismo, del machismo, del racismo que caracteriza al capitalismo realmente existente.

En ese sistema capitalista, la guerra puede disfrazarse con tintes religiosos, pero no puede ocultar que es un mecanismo idóneo de reproducción del capital a escala mundial, puesto que “la producción de armamentos, la gestión del gasto militar y la guerra son instrumentos primordiales para asegurar básicamente la dominación de clase”[2].

Justamente, entre los beneficiados directos de la razón genocida se encuentran los productores de armas, las corporaciones informáticas, los impulsores de la IA, las empresas petroleras y extractivas y los conglomerados financieros. Detrás de cada bombardeo, del arrasamiento de barrios y pueblos, del bloqueo contra un país (y Cuba es el caso más extremo al respecto), están los grandes capitalistas que, en consonancia con sus Estados, obtienen jugosas ganancias con la muerte de seres humanos y la destrucción de los bienes naturales, algo que está comprobado con el genocidio en Gaza y la Guerra en Ucrania.

La razón genocida deriva en una necropolítica aplicada, porque los poderosos del Occidente imperial deciden quiénes debe morir y cuándo. Disponen dónde construir guetos y campos de concentración, establecen donde se localizan las zonas de muerte (Gaza, Cuba, Irán, El Mediterráneo, Venezuela, Haití…). En suma, la razón genocida diseña una “nueva geografía de contención y carnicería”, unos espacios que forman parte de la apropiación capitalista de los bienes naturales y de reservas de fuerza de trabajo[3]. 

Con la masacre de Gaza ha cobrado fuerza la razón genocida del imperialismo y el capitalismo, que se basa en “tres E: Exclusión, Expulsión y Erradicación (en su grado extremo Eliminación) de los ‘otros’”, de los más pobres[4]. Esta razón genocida goza de legitimidad entre importantes sectores de la población del Occidente Imperial, como se demuestra a diario en Israel y Estados Unidos. En esa dirección, se acepta como si fuera normal la limpieza étnica, la tortura, la expulsión y el genocidio. Eso es lo que ha quedado tras la aceptación pasiva por gran parte de la humanidad del genocidio de Gaza, con la participación, abierta o cómplice, de la casi totalidad de gobernantes del mundo en los cinco continentes.

La legitimación de la razón genocida entre amplios sectores de la población del mundo occidental, aunque haya contado con una fuerte oposición de otros, trae a colación el asunto de nazismo. Si este hubiera triunfado, sus prácticas genocidas no solo se hubieran legitimado, sino que se habría impuesto como norma social, que no serían ni condenables ni rechazables, como esclavizar a seres humanos y enviarlos a cámaras de gas. En esas condiciones,

“Si el poder nazi hubiera prevalecido, la autoridad para decidir lo que debe ser habría determinado que no se había violado ninguna ley natural y que no se habrían cometido crímenes contra Dios ni contra la humanidad en el Holocausto. Si se habría planteado la conveniencia o no de proseguir con las operaciones del trabajo de esclavos, amplificarlas o ponerles fin. Las decisiones se habrían tomado con base en criterios racionales”[5]. 

Pues en el mundo de hoy la situación resulta peor que en los tiempos del nazismo, porque en ese momento la razón genocida fue derrotada. Hoy, por el contrario, se ha impuesto y, en consecuencia, la brutalidad, el sadismo, la crueldad, el asesinato industrial y en masa que caracteriza el genocidio del pueblo palestino por parte de Israel, con la participación directa de Estados Unidos y la Unión Europea, se ha tolerado por gran parte de la humanidad. Dicha aceptación, tácita o abierta, abrió la puerta para que el genocidio continue por diversos lugares del planeta, y ahora se lleve adelante, en forma planificada y racional, contra Cuba.

Eso explica también que los genocidas gocen de amplio reconocimiento público en sus propios países y en otros lugares del planeta, que se muevan en la ONU como invitados de honor, tengan émulos que anuncian la aplicación de prácticas genocidas en sus propios países y contra los habitantes más pobres o contra quienes se rebelan y no aceptan el orden de cárcel y muerte que se quiere implantar.

Después del genocidio de Gaza desapareció el Nunca más y ahora se ha impuesto el Siempre más, lo cual quiere decir que los genocidios se seguirán repitiendo en cualquier lugar del mundo, uno después de otro, o al mismo tiempo, porque, además, la guerra es uno de los aspectos centrales que permiten garantizar la acumulación de capital en el mundo de hoy. Y en esa misma lógica, prescindir de países enteros y de grandes contingentes de población está al orden del día, como parte de la política de los dueños del mundo de promover la desigualdad y de privilegiar unas pocas vidas, las suyas y de sus allegados, y matar al resto. Es una clara necropolítica de clase, que explica las prácticas genocidas y la legitimación que ha adquirido la razón genocida en nuestros días.  

En estas circunstancias, el genocidio en cámara lenta que sufre el pueblo cubano es una continuación del genocidio del pueblo palestino y eso es lo ha calculado en forma fría la razón genocida del imperialismo estadounidense, la cual merece ser considerada con más atención.

RAZÓN GENOCIDA MADE IN USA

“Allí tenemos el mito de la América blanca en su esencia […] El alma esencial americana es dura, aislada, estoica y asesina. Y nunca se ha dulcificado”. -D. H. Lawrence, citado en Dumbar, p. 145.

La razón genocida de Estados Unidos no es nueva, tiene su propia historia, ligada a la destrucción de las poblaciones indígenas y luego se proyectó al resto del mundo. Solo basta recordar algunos de esos antecedentes genocidas de larga duración en la sangrienta historia de Estados Unidos.

Los colonos ingleses que llegaron al norte de América impusieron un colonialismo de asentamiento, que implicó el exterminio brutal de sus habitantes originarios, exterminio que se prolongó durante más de dos siglos. Ese colonialismo de asentamiento aseguraba que los colonos ingleses habían llegado a tierras deshabitadas, las cuales fueron “civilizadas” mediante la acción encomiable de una raza blanca, pura y superior, mediante la esclavización de pobladores negros traídos brutalmente de África y siguiendo las pautas dictadas por Dios.

Para exterminar a millones de indígenas que poblaban las tierras de lo que hoy se llama Estados Unidos, los colonos ingleses y luego sus herederos yanquis emplearon las más variadas prácticas genocidas: guerra, tortura, uso de armas biológicas (transmisión consciente y planificada de enfermedades, entre ellas la viruela), engaño,  falsos acuerdos y tratados de “paz” nunca cumplidos, robo de tierras y cosechas, destrucción de los cultivos y de los soportes vitales de los pueblos indios (exterminar en forma consciente sus venados y sus bisontes, hasta consumar un animalicidio ecocida) para matarlos de hambre… Técnicas genocidas no muy diferentes a las que hoy emplean Estados Unidos e Israel, aunque ahora recurren a medios tecnológicamente más sofisticados y mortíferos.

Todas esas prácticas genocidas se derivaban de una racionalidad fría y calculada, como lo evidencia George Washington, uno de los llamados “padres fundadores” y primer presidente de Estados Unidos, quien en la década de 1770 ordenaba a sus militares aniquilar a las comunidades indígenas: “Para arrasar todos los asentamientos del lugar […] de modo que el territorio no solo debe ser derrotado sino destruido […]. Usted no atenderá ninguna propuesta de paz antes de que se lleve a cabo la total ruina de sus asentamientos […]. Nuestra seguridad futura depende de su incapacidad de perjudicarnos […] y del terror que les inspire la severidad del castigo que recibirán”. La respuesta del General John Sullivan a dichas ordenes de exterminio resume la lógica de la razón genocida, de ese momento y de ahora: “Los indios verán que hay maldad suficiente en nuestro corazón para destruir todo lo que contribuya a su sustento”[6].

La “grandeza asesina” de las tropas de Estados Unidos contra los pueblos indios produjo numerosas masacres, en las que indistintamente se exterminaba a hombres, mujeres y niños. Para citar solo un ejemplo, en 1864, durante la mal llamada “Guerra de Dakota”, un militar que participó directamente en esa matanza recordaba: “Cientos de mujeres y niños venían hacia nosotros y se arrodillaban pidiendo clemencia […] ver niños arrodillados y ver a los hombres civilizados que iban y le reventaban la cabeza”. Fueron asesinados centenares de hombres, niños y mujeres y un coronel que participó en la masacre afirmó con orgullo: “es un honor usar cualquier instrumento para matar indios bajo el cielo de Dios; matar a todos, grandes y pequeños, ya que las liendres producen piojos”[7]. Nótese el racismo y la deshumanización, que luego acompaña a la razón genocida de los nazis y los sionistas, lo que indica que las pautas genocidas del mundo imperialista en gran medida fueron trazadas por los estadounidenses. 

Luego de masacrar a los indígenas, los asesinos se vanagloriaban de lo realizado y de guardar como trofeo la cabellera de los muertos. Por ejemplo, Andrew Jackson, el séptimo presidente de los Estados Unidos, supervisaba “la mutilación de ochocientos cadáveres de indios Creek ‒los cuerpos de los hombres, mujeres y niños que él y sus hombres habían masacrado‒, a los cuales se les amputó la nariz para contarlos y tener así un testimonio de su muerte, y se les sacaron largas tiras de piel para curtirlas y hacer bridas”[8].

Contra los pueblos indígenas, Estados Unidos aplicó dos prácticas genocidas de larga duración, que luego proyectó al mundo: la guerra contrainsurgente y la limpieza étnica. Esos dos elementos van a estar presentes en todas las guerras de agresión que Estados Unidos libró contra diversos países del mundo en los cinco continentes desde la década de 1830 y también se han aplicado en los siglos XX y XXI en Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Irak, Afganistán y en nuestra América, en Haití, República Dominicana, México, Nicaragua, Cuba…

Este espíritu guerrero, genocida y racista, forma parte de la identidad de los Estados Unidos, más que las hamburguesas y la Coca-Cola. Y otro elemento de identidad radica en la popularidad de los genocidas y asesinos, entre los cuales se encuentran la mayor parte de los presidentes de los Estados Unidos y los respetables “hombres de bien” de ese país. En pocas palabras, el “mito del estadounidense blanco esencial” se caracteriza porque el “alma estadounidense es asesina”[9].

Las prácticas asesinas propias de la razón genocida Made in USA las ha exportado ese país al resto del mundo y las ha aplicado con saña brutal, sin excepción alguna, en todos los casos en que ha librado guerras de agresión.

Filipinas fue uno de los primeros lugares, fuera de los Estados Unidos, en soportar sus prácticas genocidas. En la correspondencia privada de los soldados yanquis que masacraron a miles de filipinos se encuentran conversaciones, que revelan su gran sentido “humanitario” y “compasivo”: “Nuestros compatriotas en América nos piden que matemos a todos los hombres aquí y que violemos a las mujeres para mejorar la raza en estas islas”; “Los filipinos son monos sin cerebro, incapaces de apreciar algún sentido del honor y la justicia, por lo que no es extraño que los muchachos les metan plomo antes de preguntar si son amigos o enemigos”; “La escena que he vivido me recuerda a la matanza e conejos en Utah, con una diferencia: algunos conejos podían escapar, los nativos no”; “mate siete u ocho; me divertí mucho esta mañana, cuando me enviaron de regreso pensé que iba a una corte marcial, pero el coronel se rio y dijo que había hecho un excelente trabajo”; “Coolocan tenía 17000 habitantes y ya no queda ni uno, el vigésimo batallón de Kansas arrasó la aldea”; “Bombardeamos un lugar llamado Malabon y luego fuimos y matamos a los que quedaban, hombres, mujeres y niños”; “todos queríamos matar negros, es como un juego adictivo:  matamos a miles y todos estaban como locos”. Y un general, luego de realizar una espantosa masacre, resume bien la mentalidad genocida Made in USA: “Mil hombres, mujeres y niños fueron ejecutados hasta que no quedo ni uno… díganle a todos los que nos cuestionan que todo lo he hecho […] por la gloria de mi amada América”[10].

Después del genocidio en Filipinas vendrán crímenes similares en diversos lugares del mundo, entre ellos el genocidio energético contra Cuba. En este prontuario casi interminable baste recordar lo sucedido en Nagasaki y Hiroshima en agosto de 1945, un genocidio atómico, sin precedentes que hoy Estados Unidos e Israel quieren repetir en Irán.  Es bueno evocar que la bomba se empleó cuando ya Japón estaba derrotado y realizaba gestiones para rendirse. A pesar de todo, la comandancia de los Estados Unidos alargó la guerra en forma premeditada, previendo que la guerra terminara según sus planes, calculados con fría racionalidad asesina, con el uso de la bomba atómica, cuando en Los Alamos se hacían los ajustes finales para utilizarla en una ciudad del Japón.  Esencialmente, y esto es una clara muestra del carácter frío y calculador de la razón genocida, la bomba fue lanzada para experimentar directamente en una ciudad normal y habitada con la intención de medir el impacto real de la bomba y, como efecto de demostración, para que la Unión Soviética quedara advertida de lo que Estados Unidos estaba dispuesto a hacer con ella luego de concluir la Segunda Guerra Mundial. Un memorable testimonio de este genocidio atómico lo escribió el gran periodista australiano Wilfred Burchett, el primer corresponsal en llegar a la ciudad bombardeada un mes después de los terribles sucesos. En su desgarrador artículo La peste atómica señala:

“En Hiroshima, treinta días después de que la primera bomba atómica haya destruido la ciudad y conmocionado al mundo, sigue muriendo gente que no resultó herida por el cataclismo, de una forma misteriosa y horrible, a causa de un mal desconocido que sólo puedo describir como peste atómica.

Hiroshima no parece una ciudad bombardeada. Se diría que un monstruoso buldócer la ha aplastado y aniquilado. Escribo estos hechos con todo el sosiego que puedo reunir, en la esperanza de que sirvan como advertencia para el mundo entero.

En este primer campo de pruebas de la bomba atómica, he visto la desolación más terrible y aterradora en cuatro años de guerra. Hace que una isla del Pacífico bombardeada parezca un Edén. El daño es mucho mayor de lo que pueden mostrar las fotografías”[11].

En total murieron, en forma inmediata y tiempo después, 370 mil personas, pero el gobierno de los Estados Unidos procedió a desmentir lo dicho por Burchett, difundiendo el embuste de que la bomba atómica no generaba radioactividad, al punto que, mintiendo vilmente, The New York Times publicó un artículo titulado: “No hay señales de radiactividad en las ruinas de Hiroshima”. Mientras tanto, en Washington el presidente Henry Truman, que dio la orden de usar la bomba, decía: “Demos gracias a Dios por haberla puesto a nuestra disposición, y no en manos de nuestros enemigos, y le rogamos para que nos enseña a usarla según Sus disposiciones y Sus designios”[12].

Es decir, usarla con designios de exterminio y muerte, los que son propios de la racionalidad genocida, que es dominante en los círculos del imperialismo estadounidense hasta el día de hoy, como se evidencia con lo que sucede en Gaza, Irán, Cuba….

Con esos antecedentes de larga duración de la razón genocida Made in USA, no resultan sorprendentes las invocaciones genocidas de Donald Trump contra varios países del mundo y el apoyo directo de los Estados Unidos al genocidio de los palestinos. Como lo ha dicho la historiadora Roxanne Dumbar-Ortiz: “Colonización, desposesión, colonialismo de asentamiento, genocidio: son estos términos que perforan hasta el núcleo de la historia de Estados Unidos y llegan a la fuente misma de su existencia”. Por eso, “un hilo rojo de sangre conecta los primeros asentamientos blancos en Norteamérica con el presente y el futuro”[13].

Con estos elementos históricos sí podemos analizar con algún detalle el genocidio energético que Estados Unidos está realizando en Cuba, como lo mostramos en la segunda parte de este ensayo.

NOTAS

[1]. Heinz Dieterich, Cuba ante la razón cínica, Txalaparta, Tafalla, 1994.

[2]. Mauricio Lazzarato, ¡Armémonos para salvar al capitalismo financiero!

[3]. William I. Robinson, Mano dura. El estado policial global y los nuevos fascismos y el capitalismo del siglo XXI, Errata Naturae, Madrid, 2023, pp. 88 y ss.

[4]. Andrés Piqueras, Capital excedente. Humanidad desechable. Capitalismo de muerte, El Viejo Topo, Barcelona, p. 151.

[5]. John Roth, Citado en Zygmunt Bauman, Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid, 2015. p. 28.

[6]. Roxanne Dumbar-Ortiz, La historia indígena de Estados Unidos, Capitán Swing, Madrid, 2018, p. 108.

[7]. Ibid., p. 108.

[8]. D. Stannard, citado en Domenico Losurdo, El lenguaje del imperio. Léxico de la ideología americana, Escolar y Mayo, Madrid, 2008, p. 32.

[9]. R. Dumbar-Ortiz, op. cit., p. 131.

[10]. Jorge Majfud, La frontera salvaje. 200 años de fanatismo anglosajón en América Latina, Baile del Sol, Tenerife, 2021, pp. 205-206.

[11]. Wilfred Burchett, “The Atomic Plague”, Dayle Spress, septiembre 5 de 1945. Disponible en: 

The-Atomic-Plague

[12]. D. Losurdo, op. cit., p. 111.

[13]. R. Dumbar-Ortiz, op. cit., pp. 9 y 58.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


ℹ️ Atribución de Fuente: Este texto ha sido reproducido de forma íntegra y literal respetando los derechos de distribución pública del emisor.
Medio original: rebelion.org
Enlace oficial: Ver artículo original aquí

Últimas noticias