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Radio Victoria

Fuentes: Rebelión

Fuentes: Rebelión

Los océanos Atlántico y Pacífico sirvieron como fronteras naturales para el aislamiento del continente americano; sin embargo, a partir del siglo XVI pasaron a formar parte de las geopolíticas de poderosos imperios. Puede trazarse una clara historia de esos procesos que adquieren en el presente una nueva dimensión. (*Utilizaré términos contemporáneos).

En efecto, el poblamiento originario de América ocurrió desde Asia por la vía de Alaska, pero se conoce de migraciones en oleadas sucesivas. Los dos océanos sirvieron para relacionar a distintas culturas aborígenes que navegaron bordeando las costas y también fueron utilizados por las grandes civilizaciones Maya, Azteca e Inca. De todos modos, es a partir del siglo XVI, con la expansión colonial europea, cuando los dos océanos pasaron a cumplir funciones mercantilistas y políticas. Gran Bretaña controló buena parte de la región atlántica de Norteamérica, seguida por Francia. Estas dos potencias también incursionaron en el Caribe, como lo hizo Holanda (Países Bajos). España fue la mayor beneficiaria en el Caribe, desde donde lanzó sus conquistas que se ubicaron entre la Florida y California; sometió a los Aztecas en Centroamérica, y se expandió por toda la región. El “descubrimiento” de la Mar del Sur (el Pacífico, 1513) le abrió la vía de conquista total en Sudamérica, sometiendo a los Incas. Portugal dominó el Brasil.

El comercio, así como las acciones de piratas, corsarios y bucaneros, fueron característicos del Atlántico y el Caribe. El gran océano fue el eje de la dominación y explotación colonial que marcaron la dependencia de América Latina con España y Portugal, las monarquías hegemónicas durante tres siglos. Quedaron fortalecidas las diferencias en los términos del intercambio entre los “centros” colonialistas y las “periferias”, si se comprenden bien los conceptos introducidos por la CEPAL y los teóricos de la dependencia. El Atlántico comunicó América, Europa y África, de la cual llegaron los esclavos negros.

El Pacífico tuvo otra proyección. Si bien España lo controló, acceder a sus costas y puertos demandó una trayectoria larga y difícil, porque el transporte debía realizarse a través del complicado Estrecho de Magallanes y el Cabo de Hornos. Sin embargo, adquirió significación la ruta del Galeón de Manila (Nao de China) que duró 250 años (1565-1815), comunicando Acapulco (México) con Manila (Filipinas), en un fluido intercambio de plata de las minas americanas con especias, té, cerámicas, sedas y otros productos exóticos.

Esas condiciones históricas cambiaron con los procesos de independencia. Primero los Estados Unidos en 1776 y luego toda Latinoamérica a raíz de la independencia de Haití (1804) y las proclamas definitivas (1809 a 1824), inauguraron el primer continente libre del colonialismo en el mundo y en plena era de ascenso del capitalismo. Solo faltó liberar Cuba y Puerto Rico (1898, aunque P.R. no logró su auténtica independencia) y quedaron algunas pequeñas islas y zonas continentales otrora dependientes de Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos. Las independencias tomaron el ideario ilustrado europeo, al que añadieron los componentes teóricos criollos. Formaron parte de lo que ha dado en llamarse “Revoluciones Atlánticas” o “Revoluciones Burguesas”, términos solo en parte aceptables, pues las de América Latina no fueron exclusivamente “atlánticas” y tampoco típicamente “burguesas”, sino de criollos terratenientes y comerciantes, que pasaron a dominar los nuevos países con regímenes oligárquicos, aunque cubiertos por las formas de la democracia liberal burguesa.

Al mismo tiempo ocurrió la proclama de la Doctrina Monroe (1823) que tuvo un contenido “Atlántico” desde las 13 colonias norteamericanas. Dicha doctrina estuvo destinada a impedir cualquier intento de reconquista europea y asegurar la presencia de los intereses de los EE.UU. en el continente. Si bien América Latina quedó bajo dependencia económica estructural de Europa, lentamente se construyeron lazos comerciales con EE.UU. que, por su parte, con el avance del siglo XIX se expandió territorialmente hasta el Pacífico, adquiriendo Luisiana (1803) y Alaska (1867) por compra a Francia y Rusia, respectivamente; conquistó el Oeste y obtuvo más de medio territorio de México al derrotarlo en la guerra de 1846-1848. El imparable expansionismo de los EE.UU. se proyectó en el Pacífico: incursión para lograr la apertura de Japón, ocupación de Filipinas, Guam y Hawái, fortalecimiento de su flota naviera en los dos océanos, que pasaron a ser las fronteras de seguridad nacional, basada en el proteccionismo económico y el impresionante desarrollo que tuvo el gigantesco país.

Al comenzar el siglo XX con el auge del imperialismo, los EE.UU. dieron nuevo alcance a la Doctrina Monroe con el “Corolario Roosevelt” de 1904, que justificaría las repetidas intervenciones en Centroamérica. A su vez, la apertura del Canal de Panamá (1914) benefició a los países sudamericanos del Pacífico y reforzó los lazos latinoamericanos con los EE.UU. Sin duda, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y luego la Segunda (1939-1945) consolidaron la dependencia de América Latina con los EE.UU., el expansionismo norteamericano y sus injerencias en toda la región, particularmente durante la Guerra Fría y tras el triunfo de la Revolución Cubana (1959), de lo cual hay una larga historia.

Saltando los pormenores de aquellos tiempos, en el siglo XXI hemos entrado a una nueva fase en la geopolítica histórica sobre los océanos. Han sido sus detonantes el derrumbe del socialismo soviético, el reposicionamiento de Rusia, el ascenso de China, el crecimiento de los BRICS, el nuevo despertar del África, la presencia de los progresismos latinoamericanos, el desplazamiento de la hegemonía mundial de los EE.UU. y la proclama de la nueva Doctrina Donroe y del Corolario Trump (2025-2026).

De acuerdo con los documentos ampliamente difundidos por la Casa Blanca, se puede comprender que hay un repliegue de los EE.UU. sobre todo el continente americano. Su fin esencial es defender y garantizar la seguridad interna, así como recuperar su plena hegemonía en el mundo. Los dos océanos adquieren el sentido de fronteras hemisféricas y por eso, aunque todavía solo en el discurso, el nuevo Hemisferio Occidental comprende no solo al continente, sino también a Groenlandia e Islandia (¿incluirá las Malvinas?). La OTAN pasa a ser un espacio de responsabilidad directa y esencial de los mismos países europeos. China el adversario fundamental al que toca detener. Para ello EE.UU. cuenta con una red de aliados en el Pacífico: Japón, Taiwán, Filipinas; mantiene alianza militar con Reino Unido y Australia (AUKUS) y el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) con Japón, Australia e India.

Toda América Latina y el Caribe tiene que alinearse bajo la seguridad nacional de los EE.UU. y suspender e incluso apartar cualquier presencia de China que amenace los intereses norteamericanos, como son las inversiones en infraestructuras (el megapuerto de Chancay en Perú, por ejemplo). Se aplican sanciones unilaterales -como las arancelarias- y se encausan amenazas e injerencias que destruyen el orden basado en leyes que fue creado para garantizar la paz y la convivencia entre países soberanos. Para lograr un control efectivo los EE.UU. requieren de gobiernos latinoamericanos afines y subordinados, por lo cual apoya o promueve gobiernos de derecha empresarial y política, y convenios militares (SOFA) que incluyen inmunidad y privilegios para todo personal estadounidense. En Ecuador se denuncian violaciones a derechos humanos y bombardeo a embarcaciones de pescadores (https://t.ly/j7_79 ; https://t.ly/Kpn2i) en el marco del convenio SOFA.

Sin embargo, contra este nuevo ambiente chocan realidades históricas consolidadas, pues no parece posible liquidar las relaciones que América Latina ya ha forjado con China, que ha pasado a ser el primer socio comercial para Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay. Se incorpora la Nueva Ruta de la Seda. Empresas e inversiones chinas crecen y sus tecnologías se expanden superando a las de EE.UU.; y en el mundo incuban reacciones contra las injerencias externas y la diplomacia Trump. Las relaciones atlánticas seguirán en pie para los países latinoamericanos, pero cada vez más interesarán las relaciones que se generan a través del Pacífico con países del Asia.

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Medio original: rebelion.org

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